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20.7.15

Visión de Anáhuac (1519)

I

Viajero: has llegado a la
región más transparente del aire.


En la era de los descubrimientos, aparecen libros llenos de noticias extraordinarias y amenas narraciones geográficas. La historia, obligada a descubrir nuevos mundos, se desborda del cauce clásico, y entonces el hecho político cede el puesto a los discursos etnográficos y a la pintura de civilizaciones. Los historiadores del siglo XVI fijan el carácter de las tierras recién halladas, tal como éste aparecía a los ojos de Europa: acentuado por la sorpresa, exagerado a veces. El diligente Giovanni Battista Ramusio publica su peregrina recopilación Delle Navigationi et Viaggi en Venecia en el año de 1550. Consta la obra de tres volúmenes in-folio, que luego fueron reimpresos aisladamente, y está ilustrada con profusión y encanto. De su utilidad no puede dudarse: los cronistas de Indias del Seiscientos (Solís al menos) leyeron todavía alguna carta de Cortés en las traducciones italianas que ella contiene.


En sus estampas, finas y candorosas, según la elegancia del tiempo, se aprecia la progresiva conquista de los litorales; barcos diminutos se deslizan por una raya que cruza el mar; en pleno océano, se retuerce, como cuerno de cazador, un monstruo marino, y en el ángulo irradia picos una fabulosa estrella náutica. Desde el seno de la nube esquemática, sopla un Éolo mofletudo, indicando el rumbo de los vientos —constante cuidado de los hijos de Ulises—. Vense pasos de la vida africana, bajo la tradicional palmera y junto al cono pajizo de la choza, siempre humeante; hombres y fieras de otros climas, minuciosos panoramas, plantas exóticas y soñadas islas. Y en las costas de la Nueva Francia, grupos de naturales entregados a los usos de la caza y la pesquería, al baile o a la edificación de ciudades. Una imaginación como la de Stevenson, capaz de soñar La isla del tesoro ante una cartografía infantil, hubiera tramado, sobre las estampas del Ramusio, mil y un regocijos para nuestros días nublados.
Finalmente, las estampas describen la vegetación de Anáhuac. Deténganse aquí nuestros ojos: he aquí un nuevo arte de naturaleza.

La mazorca de Ceres y el plátano paradisíaco, las pulpas frutales llenas de una miel desconocida; pero, sobre todo, las plantas típicas: la biznaga mexicana —imagen del tímido puerco espín—, el maguey (del cual se nos dice que sorbe sus jugos a la roca), el maguey que se abre a flor de tierra, lanzando a los aires su plumero; los «órganos» paralelos, unidos como las cañas de la flauta y útiles para señalar la linde; los discos del nopal —semejanza del candelabro—, conjugados en una superposición necesaria, grata a los ojos: todo ello nos aparece como una flora emblemática, y todo como concebido para blasonar un escudo. En los agudos contornos de la estampa, fruto y hoja, tallo y raíz, son caras abstractas, sin color que turbe su nitidez.
Esas plantas protegidas de púas nos anuncian que aquella naturaleza no es, como la del sur o las costas, abundante en jugos y vahos nutritivos. La tierra de Anáhuac apenas reviste feracidad a la vecindad de los lagos. Pero, a través de los siglos, el hombre conseguirá desecar sus aguas, trabajando como castor; y los colonos devastarán los bosques que rodean la morada humana, devolviendo al valle su carácter propio y terrible: —En la tierra salitrosa y hostil, destacadas profundamente, erizan sus garfios las garras vegetales, defendiéndose de la seca—.

Abarca la desecación del valle desde el año de 1449 hasta el año de 1900. Tres razas han trabajado en ella, y casi tres civilizaciones —que poco hay de común entre el organismo virreinal y la prodigiosa ficción política que nos dio treinta años de paz augusta—. Tres regímenes monárquicos, divididos por paréntesis de anarquía, son aquí ejemplo de cómo crece y se corrige la obra del Estado, ante las mismas amenazas de la naturaleza y la misma tierra que cavar. De Netzahualcóyotl al segundo Luis de Velasco, y de éste a Porfirio Díaz, parece correr la consigna de secar la tierra. Nuestro siglo nos encontró todavía echando la última palada y abriendo la última zanja.
Es la desecación de los lagos como un pequeño drama con sus héroes y su fondo escénico. Ruiz de Alarcón lo había presentido vagamente en su comedia de El semejante a sí mismo. A la vista de numeroso cortejo, presidido por Virrey y Arzobispo, se abren las esclusas: las inmensas aguas entran cabalgando por los tajos. Ése, el escenario. Y el enredo, las intrigas de Alonso Arias y los dictámenes adversos de Adrián Boot, el holandés suficiente; hasta que las rejas de la prisión se cierran tras Enrico Martín, que alza su nivel con mano segura.
Semejante al espíritu de sus desastres, el agua vengativa espiaba de cerca a la ciudad; turbaba los sueños de aquel pueblo gracioso y cruel, barriendo sus piedras florecidas; acechaba, con ojo azul, sus torres valientes.
Cuando los creadores del desierto acaban su obra, irrumpe el espanto social.

El viajero americano está condenado a que los europeos le pregunten si hay en América muchos árboles. Les sorprenderíamos hablándoles de una Castilla americana más alta que la de ellos, más armoniosa, menos agria seguramente (por mucho que en vez de colinas la quiebren enormes montañas), donde el aire brilla como espejo y se goza de un otoño perenne. La llanura castellana sugiere pensamientos ascéticos: el valle de México, más bien pensamientos fáciles y sobrios. Lo que una gana en lo trágico, la otra en plástica rotundidad.
Nuestra naturaleza tiene dos aspectos opuestos. Uno, la cantada selva virgen de América, apenas merece describirse. Tema obligado de admiración en el Viejo Mundo, ella inspira los entusiasmos verbales de Chateaubriand. Horno genitor donde las energías parecen gastarse con abandonada generosidad, donde nuestro ánimo naufraga en emanaciones embriagadoras, es exaltación de la vida a la vez que imagen de la anarquía vital: los chorros de verdura por las rampas de la montaña; los nudos ciegos de las lianas; toldos de platanares; sombra engañadora de árboles que adormecen y roban las fuerzas de pensar; bochornosa vegetación; largo y voluptuoso torpor, al zumbido de los insectos. ¡Los gritos de los papagayos, el trueno de las cascadas, los ojos de las fieras, le dard empoisonné du sauvage! En estos derroches de fuego y sueño —poesía de hamaca y de abanico— nos superan seguramente otras regiones meridionales.
Lo nuestro, lo de Anáhuac, es cosa mejor y más tónica. Al menos, para los que gusten de tener a toda hora alerta la voluntad y el pensamiento claro. La visión más propia de nuestra naturaleza está en las regiones de la mesa central: allí la vegetación arisca y heráldica, el paisaje organizado, la atmósfera de extremada nitidez, en que los colores mismos se ahogan —compensándolo la armonía general del dibujo—; el éter luminoso en que se adelantan las cosas con un resalte individual; y, en fin, para de una vez decirlo en las palabras del modesto y sensible Fray Manuel de Navarrete:

una luz resplandeciente
que hace brillar la cara de los cielos.

Ya lo observaba un grande viajero, que ha sancionado con su nombre el orgullo de la Nueva España; un hombre clásico y universal como los que criaba el Renacimiento, y que resucitó en su siglo la antigua manera de adquirir la sabiduría viajando, y el hábito de escribir únicamente sobre recuerdos y meditaciones de la propia vida: en su Ensayo político, el barón de Humboldt notaba la extraña reverberación de los rayos solares en la masa montañosa de la altiplanicie central, donde el aire se purifica.

En aquel paisaje, no desprovisto de cierta aristocrática esterilidad, por donde los ojos yerran con discernimiento, la mente descifra cada línea y acaricia cada ondulación; bajo aquel fulgurar del aire y en su general frescura y placidez, pasearon aquellos hombres ignotos la amplia y meditabunda mirada espiritual. Extáticos ante el nopal del águila y de la serpiente —compendio feliz de nuestro campo— oyeron la voz del ave agorera que les prometía seguro asilo sobre aquellos lagos hospitalarios. Más tarde, de aquel palafito había brotado una ciudad, repoblada con las incursiones de los mitológicos caballeros que llegaban de las Siete Cuevas —cuna de las siete familias derramadas por nuestro suelo—. Más tarde, la ciudad se había dilatado en imperio, y el ruido de una civilización ciclópea, como la de Babilonia y Egipto, se prolongaba, fatigado, hasta los infaustos días de Moctezuma el doliente. Y fue entonces cuando, en envidiable hora de asombro, traspuestos los volcanes nevados, los hombres de Cortés («polvo, sudor y hierro») se asomaron sobre aquel orbe de sonoridad y fulgores —espacioso circo de montañas.
A sus pies, en un espejismo de cristales, se extendía la pintoresca ciudad, emanada toda ella del templo, por manera que sus calles radiantes prolongaban las aristas de la pirámide.
Hasta ellos, en algún oscuro rito sangriento, llegaba —ululando— la queja de la chirimía y, multiplicado en el eco, el latido del salvaje tambor.

II

Parecía a las cosas de encantamiento que
cuentan en el libro de Adamís... No sé cómo
lo cuente.

Bernal Díaz del Castillo

Dos lagunas ocupan casi todo el valle: la una salada, la otra dulce. Sus aguas se mezclan con ritmos de marea, en el estrecho formado por las sierras circundantes y un espinazo de montañas que parte del centro. En mitad de la laguna salada se asienta la metrópoli, como una inmensa flor de piedra, comunicada a tierra firme por cuatro puertas y tres calzadas, anchas de dos lanzas jinetas. En cada una de las cuatro puertas, un ministro grava las mercancías. Agrúpanse los edificios en masas cúbicas; la piedra está llena de labores, de grecas. Las casas de los señores tienen vergeles en los pisos altos y bajos, y un terrado por donde pudieran correr cañas hasta treinta hombres a caballo. Las calles resultan cortadas, a trechos, por canales. Sobre los canales saltan unos puentes, unas vigas de madera labrada capaces de diez caballeros. Bajo los puentes se deslizan las piraguas llenas de fruta. El pueblo va y viene por la orilla de los canales, comprando el agua dulce que ha de beber: pasan de unos brazos a otros las rojas vasijas. Vagan por los lugares públicos personas trabajadoras y maestros de oficio, esperando quien los alquile por sus jornales. Las conversaciones se animan sin gritería: finos oídos tiene la raza, y, a veces, se habla en secreto. Óyense unos dulces chasquidos; fluyen las vocales, y las consonantes tienden a licuarse. La charla es una canturía gustosa. Esas xés, esas tlés, esas chés que tantos nos alarman escritas, escurren de los labios del indio con una suavidad de aguamiel.
El pueblo se atavía con brillo, porque está a la vista de un grande emperador. Van y vienen las túnicas de algodón rojas, doradas, recamadas, negras y blancas, con ruedas de plumas superpuestas o figuras pintadas. Las caras morenas tienen una impavidez sonriente, todas en el gesto de agradar. Tiemblan en la oreja o la nariz las arracadas pesadas, y en las gargantas los collaretes de ocho hilos, piedras de colores, cascabeles y pinjantes de oro. Sobre los cabellos, negros y lacios, se mecen las plumas al andar. Las piernas musculosas lucen aros metálicos, llevan antiparas de hoja de plata con guarniciones de cuero -cuero de venado amarillo y blanco. Suenan las flexibles sandalias. Algunas calzan zapatones de un cuero como de marta y suela blanca cosida con hilo dorado. E las manos aletea el abigarrado moscador, o se retuerce el bastón en forma de culebra con dientes y ojos de nácar, puño de piel labrada y pomas de pluma. Las pieles, las piedras y metales, la pluma y el algodón confunden sus tintes en un incesante tornasol y -comunicándoles su calidad y finura- hacen de los hombres unos delicados juguetes.
Tres sitios concentran la vida de la ciudad: en toda ciudad normal otro tanto sucede: Uno es la casa de los dioses, otro el mercado, y el tercero el palacio del emperador. Por todas las colaciones y barrios aparecen templos, mercados y palacios menores. La triple unidad municipal se multiplica, bautizando con un mismo sello toda la metrópoli.

El templo mayor es un alarde de piedra. Desde las montañas de bastalto y de pórfido que cercan el valle, se han hecho rodar moles gigantescas. Pocos pueblos -escribe Humboldt- habrán removido mayores masas. Hay un tiro de ballesta de esquina e saquina de cuadrado, base de la pirámide. De la altura, puede contemplarse todo el panorama chinesco. Alza el templo cuarenta torres, bordadas por fuera, y cargadas en los interior de imaginería, zaquizamíes y maderamiento picado de figuras y monstruos. Los gigantescos ídolos -afirma Cortés- están hechos con una mezcla de todas las semillas y legumbres que son alimento del azteca. A su lado, el tambor de piel de serpiente que deja oír a dos leguas su fúnebre retumbo; a su lado, bocinas, trompetas y navajones. Dentro del templo pudiera caber una villa de quinientos vecinos. En el muro que lo circunda, se ven unas moles en figura de culebras asidas, que serán más tarde pedestales para las columnas de la catedral. Los sacerdortes viven en la muralla o cerca del templo; visten hábitos negros, usan los cabellos y largos y despeinados, evitan ciertos manjares, practican todos los ayunos. Junto al templo están recluidas las hijas de algunos señores, que hacen vida de monjas y gastan los días tejiendo en pluma.
Pero las calaveras expuestas y los testimonios ominosos del sacrificio, pronto alejan al soldado cristiano, que, en cambio, se explaya con deleite en la descripción de la fiera.

Se hallan en el mercado -dice- "todas cuantas cosas se hallan en toda la tierra". Y después explica que alguna más, en punto a mantenimientos, vituallas, platería. Esta plaza principal está rodeada de portales, y es igual a dos de Salamanca. Discurren ponr ella diariamente -quiere hacernos creer- sesenta mil hombres cuando menos. Cada especie o mercaduría tiene su calle, sin que se consiente confusión. Todo se vende por cuenta y medida, pero no por peso. Y tampoco se tolera el fraude: por entre aquel torbellino, andan siempre disimulados unos celosos agentes, a quienes se ha visto romper las medidas falsas. Diez o doce jueces, bajo su solio, deciden los pleitos del mercado, sin ulterior trámite de alzada, en equidad y a vista del pueblo. A aquella gran palaza traían a tratar los esclavos, atados en unas varas largas y sujetos por el collar.
Allí venden -dice Cortés- joyas de oro y plata, de plomo, de latón, de cobre, de estaño; huesos, caracoles y plumas; tal piedra labrada y por labrar; adobes, ladrillos, madera labrada y por labrar. Venden también oro en grano y en polvo, guardado en cañutos de pluma que, con las semillas más generales, sirven de moneda. Hay calles para la caza, donde se encuentran todas las aves que congrega la variedad de climas mexicanos, tales como perdices y codornices, gallinas, levancos, dorales, zarcetas, tórtolas, palomas y pajaritos en cañuela; buharros y papagayos, halcones, águilas, cernícalos, gavilanes. De las aves de rapiña se venden también los plumones con cabeza, uñas y pico. Hay conejos, liebres, venados, gamos, tuzas, topos, lirones y perros pequeños que crían para comer castrados. Hay calle de herbolarios, dobde se venden raíces y yerbas de salud, en cuyo conocimiento empírico se fundaba la medicina: más de mil doscientas hicieron conocer los indios al doctor Francisco Hernández, médico de cámara de Felipe II y Plinio de la Nueva España. Al lado, boticarios ofrecen ungüentos, emplastos y jarabes medicinales. Hay casas de barbería, donde lavan y rapan las cabezas. Hay casas donde se come y bebe por precio. Mucha leña, astilla de ocote, carbón y braserillos de barro. Esteras para la cama, y otras, más finas, para el asiento o para esterar salas y cámaras. Verduras en cantidad, y sobre todo, cebolla, puerro, ajo, boraaja, mastuerzo, berro, acedera, cardos y targaninas. Los capulines y las ciruelas son las frutas que más se venden. Miel de abejas y cera de panal; meil de caña de maíz, tan untuosa y dulce como la de azúcar; miel de maguey, de que hacen también azúcares y vinos. Cortés, describiendo estas mieles al Emperador Carlos V, le dice con encantandora sencillez: "¡mejores que el arrope!" Los hiladosde algodón para colgaduras, tocas, manteles y pañizuelos le recuerdan la alcaicería de Granada. Asimismo hay mantas, abarcas, sogas, raíces dulces y resposterías, que sacan del henequén. Hay hojas vegetales de que hacen su papel. Hay cañutos de olores con liquidámbar, llenos de tabaco. Colores de todos los tintes y matices. Aceites de chía que nos comparan a mostaza y otros a zaragatona, con que hacen la pintura inatacable por el agua: aún conserva el indio el secreto de esos brillos de esmalte, lujo de sus jícaras y vasos de palo. Hay cueros de venado con pelo si él, grises y blancos, artificiosamente pintados; cueros de nutrias, tejones y gatos monteses, de ellos adobados y de ellos sin adobar. Vasijas, cántaros y jarros de toda forma y fábrica, pintados, vidriados y de singular barro y calidad. Maíz en grano y en pan, superior al de las Islas conocidas y Tierra Firme. Pescado fresco y salado, crudo y guisado. Huevos de gallinas y ánsares, tortillas de huevos de las otras aves.
El zumbar y ruido de la plaza –dice Bernal Díaz- asombra a los mismos que han estado en Constantinopla y en Roma. Es como un mareo de los sentidos, como un sueño de Breughel, donde las alegorías de la materia cobran un calor espiritual. En pintoresco atolondramiento, el conquistador va y viene por las calles de la feria, y conversva de sus recuerdos la emoción de un raro y palpitante caos: las formas se funden entre sí; estallan en cohete los colores; el apetito despierta al olor picante de las yerbas y las especias. Rueda, se desborda del azafate todo el paraíso de la fruta: globos de color, ampollas transparentes, racimos de lanzas, piñas escamosas y cogollos de hojas. En las bateas redondas de sardinas, giran los reflejos de plata y de azafrán, las orlas de aletas y colas en pincel; de una cuba sale la bestial cabeza del pescado, bigotudo y atónita. En las calles de la cetrería, los picos sedientos; las alas azules y guindas, abiertas como un laxo abanico; las patas crispadas que ofrecen una consistencia terrosa de raíces; el ojo, duro y redondo, del pájaro muerto. Más allá, las pilas de granos vegetales, negros, rojos, amarillos y blancos, todos relucientes o oleaginosos. Después, la venatería confusa, donde sobresalen, por entre colinas de lomos y flores de manos callosas, un cuerno, un hocico, una lengua colgante: fluye por el suelo un hilo rojo que se acercan a lamer los perros. A otro término, el jardín artificial de tapices y de tejidos; los juguetes de metal y de piedra, raros y monstruosos, sólo comprensibles –siempre- para el pueblo que los fabrica y juega con ellos; los mercaderes rifadores, los joyeros, los pellejeros, los alfareros, agrupados rigurosamente por gremios, como en las procesiones de Alsloot. Entre las vasijas morenas se pierden los senos de la vendedora. Sus brazos corren por entre el barro como en su elemento nativo: forman asas a los jarrones y culebrean por los cuelos rojizos. Hay, en la cintura de las tinajas, unos vivos de negro y oro que recuerdan el collar ceñido a su garganta. Las anchas ollas parecen haberse sentado, como la india, con las rodillas pegadas y los pies paralelos. El agua, rezumando, gorgoritea en los búcaros olorosos.

Lo más lindo de la plaza –declara Gómara- está en las obras de oro y pluma, de que contrahacen cualquier cosa y color. Y son los indios tan oficiales desto, que hacen de pluma una mariposa, un animal, un árbol, una rosa, las flores, las yerbas y peñas, tan al propio que parece lo mismo que o está vivo o natural. Y acontéceles no comer en todo un día, poniendo, quitando y asentando la pluma, y mirando a una parte y otra, al sol, a la sombra, a la vislumbre, por ver si dice mejor a pelo o contrapelo, o al través, de la oa haz o del envés; y, en fin, no la dejan de las manos hasta ponerla en toda perfección. Tanto sufrimiento pocas naciones le tienen, mayormente donde hay cólera como en la nuestra.
El oficio más primo y artificioso es platero; y así, sacan al mercado cosas bien labradas con piedra y hundidas con fuego: un plato ochavado, el un cuarto de oro y el otro de plata, no soldado, sino fundido y en la fundición pegado; una calderica, que sacan con su asa, como acá una campana, pero suelta; un pesce con una escama de plata y otra de oro, aunque tengan muchas. Vacían un papagayo, que se le ande la lengua, que se le meneen las cabezas y las alas. Funden una mona, que juegue pies y cabeza y tenga en las manos un huso que parezca que hila, o una manzana que parezca que come. Y lo tuvieron a mucho nuestros españoles, y los platero de acá no alcanzan el primor. Esmaltan asimismo, engastan y labran esmeraldas, turquesas y otras piedras, y agujeran perlas…

Los juicios de Bernal Díaz no hacen ley en materia de arte, pero bien revelan el entusiasmo con que los conquistadores consideraron al artífice indio: “Tres indios hay en la ciudad de México –escribe- tan primos en su oficio de entalladores y pintores, que se dicen Marcos de Aquino y Juan de la Cruz y el Crespillo, que si fueran en tiempo de aquel antiguo y afamado Apeles de Miguel Ángel o Berruguete, que son de nuestros tiempos, les pusieran en el número dellos.”

El emperador tiene contrahechas en oro y plata y piedras y plumas todas las cosas que, debajo del cielo, hay en su señorío. El emperador aparece, en las viejas crónicas, cual un fabuloso Midas cuyo trono reluciera tanto como el sol. Si hay poesía en América –ha podido decir el poeta-, ella está en el gran Moctezuma de la silla de oro. Su reino de oro, su palacio de oro, sus ropajes de oro, su carne de oro. Él mismo ¡no ha de levantar sus vestiduras para convencer a Cortés de que no es de oro? Sus dominios se extienden hasta términos desconocidos; a todo correr, parten a los cuatro vientos sus mensajeros, para hacer ejecutar sus órdenes. A Cortés, que le pregunta si era vasallo de Moctezuma, responde un asombrado casique:
-Pero ¿quién no es su vasallo?
Los señores de todas esas tierras lejanas residen mucha parte del año en la misma corte, y envían sus primogéntios al servicio de Moctezuma. Día por día acuden al palacio hasta seiscientos caballeros, cuyos servidores y cortejo llenan dos o tres dilatados patios y todavía hormiguean por la calle, en los aledaños de los sitios reales. Todo el día pulula en torno al rey el séquito abundante, pero sin tener acceso a su persona. A todos se sirve de comer a un tiempo, y la botillería y despensa quedan abiertas para el que tuviere hambre y sed.

Venían trescientos o cuatrocientos mancebos con el manjar, que era sin cuento, porque todas las veces que comía y cenaba (el emperador) le traían todas las maneras de manjares, así de carnes como de pescados y frutas y yerbas que en toda la tierra se podían haber. Y porque la tierra es fría, traían debajo de cada plato y escudilla de manjar un braserico con brasa, por que no se enfriase.

Sentábase el rey en una almohadilla de cuero, en medio de un salón que se iba poblando con sus servidores; y mientras comía, daba de comer a cinco o seis señores ancianos que se mantenían desviados de él. Al principio y fin de las comidas, unas servidoras le daban aguamanos, y ni la toalla, platos, escudillas ni braserillos que una vez sirvieron volvían s ervir. Parece que mientras cenaba se divertía con los chistes de sus juglares y jorobados, o se hacía tocar música de zampoñas, flautas, caracoles, huesos y atabales, y otros instrumentos así. Junto a él ardían unas ascuas olorosas, y le protegía de las miradas un biombo de madera. Daba a los truhanes los relieves de su festín, y les convidaba con jarros de chocolate. “De vez en cuando –recuerda Bernal Díaz- traían unas como copas de oro fino, con cierta bebida hecha del mismo cacao, que decían era para tener acceso con mujeres.”
Quitada la mesa, ida la gente, comparecían algunos señores, y después los truhanes y jugadores de pies. Unas veces el emperador fumaba y reposaba, y otras veces tendían una estera en el patio, y comenzaban los bailes al compás de los leños huecos. A un fuerte silbido rompen a sonar los tambores, y los danzantes van apareciendo con ricos mantos, abanicos, ramilletes de rosas, papahigos de pluma que fingen cabezas de águilas, tigres y caimanes. La danza alterna con el canto; todos se toman de la mano y empiezan por movimientos suaves y voces bajas. Poco a poco van animándose; y, para que el gusto no decaiga, circulan por entre las filas de danzantes los escanciadores colando licores con los jarros.
Moctezuma “vestíase todos los días cuatro maneras de vestiduras, todas nuevas, y nunca más se las vestía otra vez. Todos los señores que entraban en su casa, no entraban calzados”, y cuando comparecían ante él, se mantenían humillados, la cabeza baja y sin mirarle a la cara. “Ciertos señores –añade Cortés- reprendían a los españoles, diciendo que cuando hablababn conmigo estaban exentos, mirándome a la cara, que parecía acatamiento y poca vergüenza”. Descalzábanse, pues, los señores, cambiaban los ricos mantos por otros más humildes, y se adelantaban con tres reverencias: “Señor –mi señor- gran señor”. “Cuando salía fuera el dicho Moctezuma, que era pocas veces, todos los que iban por él y los que topaba por las calles le volvían el rostro, y todos los demás se postraban hasta que él pasab”-nota Cortés. Procedíale uno como lictor con tres varas delgadas, una de las cuales empuñaba él cuando descendía de las andas. Hemos de imaginarlo cuando se adelanta a recibir a Cortés, apoyado en brazos de dos señores, a pie y por mitad de una ancha calle. Su cortejo, en larga procesión, camina tras él formando dos hileras, arrimado a los muros. Precédenle sus servidores, que extienden tapices a su paso.
El emperador es aficionado a la caza; sus cetreros pueden tomar cualquier ave a ojeo, según es fama; en tumulto, sus monteros acosan a las fieras vivas. Mas su pasatiempo favorito es la caza de altanería; de garzas, milanos, cuervos y picazas. Mientras unos andan a volatería con lazo y señuelo, Moctezuma tira con el arco y la cerbatana. Sus cerbatanas tienen los broqueles y puntería tan largos como un jeme, y de oro; están adornadas con formas de flores y animales.
Dentro y fuera de la ciudad tiene sus palacios y casas de placer, y en cada una su manera de pasatiempo. Ábranse las puertas a calles y plazas, dejando ver patios con fuentes, losados como los tableros de ajedrez; paredes de mármol y jaspe, pórfido, piedra negra; muros veteados de rojo, muros traslucientes; techos de cedro, pino, palma, ciprés, ricamente entallados todos. Las cámaras están pintadas y esteradas; tapizadas otras con telas de algodón, con pelo de conejo y con pluma. En el oratorio hay chapas de oro y plata con incrustaciones de pedrería. Por los babilónicos jardines –donde no se consentía hortaliza ni fruto alguno de provecho- hay miradores y corredores en que Moctezuma y sus mujeres salen a recrearse; bosques de gran circuito con artificios de hojas y flores, conejereas, vivares, riscos y peñoles, por donde vagan ciervos y corzos; diez estanques de agua dulce o salada, para todo linaje de aves palustres y marinas, alimentadas con el alimento que les es natural: unas con pescados, otras con gusanos y moscas, otras con maíz, y algunas con semillas más finas. Cuidan de ellas trescientos hombres, y otros cuidan de las aves enfermas. Unos limpian los estanques, otros pescan, otros les dan a las aves de comer; unos son para espulgarlas, otros para guardar los huevos, otros para echarlas cuando encloquecen, otros las pelan para aprovechar la pluma. A otra parte se hallan las aves de rapiña, desde los cernícalos y alcotanes hasta el águila real, guarecidas bajo toldos y provistas de sus alcándaras. También hay leones enjaulados, tigres, lobos, adives, zorras, culebras, gatos, que forman un infierno de ruidos, y a cuyo cuidado se consagran los trescientos hombres. Y para que nada falte en este museo de historia natural, hay aposentos donde viven familias de albinos, de mounstros, de enanos, corcovados y demás contrahechos.
Había casas para granero y almacenes, sobre cuyas puertan se veían escudos que figuraban conejos, y donde se aposentaban los tesoreros, contadores y receptores; casas de armas cuyo escudo era un arco con dos aljabas, donde había dardos, hondas, lanzas y porras, broqueles y rodelas, cascos, grebas y brazaletes, bastos con navajas de pedernal, varas de uno y dos gajos, piedras rollizas hechas a mano, y unos como paveses que, al desenrrollarse, cubrían todo el cuerpo del guerrero.

Cuatro veces el Conquistador Anónimo intentó recorrer los palacios de Moctezuma: cuatro veces renunció, fatigado.


III

La flor, madre de la sonrisa

El Nigromante

Si en todas las manifestaciones de la vida indígena la naturaleza desempeñó función tan importante como la que revelan los relatos del conquistador; si las flores de los jardines eran el adorno de los dioses y de los hombres, al par que motivo sutilizado de las artes plásticas y jeroglíficas, tampoco podían faltar en la poesía.
La era histórica en que llegan los conquistadores a México procedía precisamente de la lluvia de flores que cayó sobre las cabezas de los hombres al finalizar el cuarto sol cosmogónico. La tierra se vengaba de sus escaseces anteriores, y los hombres agitaban las banderas de júbilo. En los dibujos del Códice Vaticano, se la representa por una figura triangular adornada con torzales de plantas; la diosa de los amores lícitos, colgada de un festón vegetal, baja hacia la tierra, mientras las semillas revientan en lo alto, dejando caer hojas y flores.
La materia principal para estudiar la representación artística de la planta en América se encuentra en los momumentos de la cultura que floreció por el valle de México inmediatamente antes de la conquista. La escritura jeroglífica ofrece el material más variado y más abundante: Flor era uno de los veinte signos de los días; la flor es también signo de lo noble y lo precioso; y, asimismo, representa los perfumes y las bebidas. También surge de la sangre del sacrificio, y corona el signo jeroglífico de la oratoria. Las guirnaldas, el árbol, el maguey y el maíz alternan en los jeroglifos de lugares. La flor se pinta de un modo esquemático, reducida a estrecita simetría, ya vista por el perfil o ya por la boca de la corola. Igualmente, para la representación del árbol se usa de un esquema definido: ya es un tronco que se abre en tres ramas iguales rematando en haces de hojas, o ya son dos troncos divergentes que se ramifican de un modo simétrico.
En las esculturas de piedra y barro hay flores aisladas –sin hojas- y árboles frutales radiantes, unas veces como atributos de la divinidad, otras como adornos de la persona o decoración exterior del utensilio.
En la cerámica de Cholula, el fondo de las ollas ostenta una estrella floral, y por las paredes internas y externas del vaso corren cálices entrelazados. Las tazas de las hilanderas tienen flores negras sobre fondo amarillo, y, en ocasiones, la flor aparece meramente evocada por unas fugitivas líneas.
Busquemos también en la poesía indígena la flor, la naturaleza y el paisaje del valle.

Hay que lamentar como irremediable la pérdida de la poesía indígena mexicana. Podrá la erudición descubrir aislados ejemplares de ella o probar la relativa fidelidad con que algunos otros fueron romanceados por los misioneros españoles; pero nada de eso, por muy importante que sea, compensará nunca la pérdida de la poesía indígena como fenómeno general y social. Lo que de ella sabemos se reduce a angostas conjeturas, y a tal o cual ingenuo relato conservado por religiosos que acaso no entendieron siempre los ritos poéticos que describían;L así como se reduce lo que de ella imaginamos a la fabulosa juventud de Netzahualcóyotl, el príncipe desposeído que vivió algún tiempo bajo los árboles, nutriéndose con sus frutos y componiendo canciones para solazar su destierro. De lo que pudo haber sido el reflejo de la naturaleza en aquella poesía quedan, sin emb argo, algunos curiosos testimonios; los cuales, a despechos de probables adulteraciones, parecen basarse sobre elementos primitivos legítimos e inconfundibles. Trátase de viejos poemas escritos en lengua náhoa, de los que cantaban los indios en sus festividades, y a los que se refiere Cabrera y Quintero en su Escudo de Armas de México (1746). Aprendidos de memoria, ellos transmitían de generación en generación las más minuciosas leyendas epónimas, y también las reglas de la costumbre. Quien los tuvo a la mano, los pasó en silencio, tomándolos por composciones hechas para honrar a los demonios. El texto actual de los únicos que posemos no podría ser una traslación exacta del primitivo, puesto que la Iglesa hubo de castigarlos, aunque toleró, por inevitable, la cosumbre gentil de recitarlos en banquetes y bailes. En 1555, el Concilio Provincial ordenaba someterlos a la revisión del ministro evangélico, y tres años después se renovaba a los indios la prohibición de cantarlos sin permiso de sus párrocos y vicarios. De los únicos hasta hoy conocidos –pues de los que Fray Bernandino de Sahagún parece haber publicado sólo la mención se conserva- no se sabe el autor ni la procedencia, ni el tiempo en que fueron escritos; aunque se presume que se trata de genuinas obras mexicanas, y no, como alguien creyó, de mera falsificación de los padres catequistas. Convienen los arqueólogos en que fueron recopilados por un fraile para ofrecerlos a su superior; y, compuestos antes de la conquista, se les redactó por escrito poco después que la vieja lengua fue reducida al alfabeto español. Tan alterados e indirectos como nos llegan, ofrecen estos cantares un matiz de sensibilidad lujuriosa que no es, en verdad, prpopio de los misioneros españoles –gente apostólica y sencilla, de más piedad que imaginación. En terreno tan incierto, debemos, sin embargo, prevenirnos contra las sorpresas del tiempo. Ojalá en la inefable semejanza de estos cantares con algún pasaje de Salomón no haya más que una coincidencia. Ya nos tiene muy sobre aviso aquella colección de Aztecas en que Pesado parafrasea poemas indígenas, y donde la crítica ha podido descubrir ¡la influencia de Horacio en Netzahualcóyotl!
En los viejos cantares náhoas, las metáforas conservan cierta audacia, cierta aparente incongruencia; acusan una ideación no europea. Brinton –que los trqaduo al inglés y publicó en Philadelphia, 1887- cree descubrir cierto sentido alegórico en uno de ellos: el poeta se pregunta dónde hay que buscar la inspiración, y se responde, como Wordswort, que en el grande escenario de la naturaleza. El mundo mismo le aparece como un sensitivo jardín. Llámase el cantar Ninoyolnonotza: meditación concentrada, melancólica delectación, fantaseo largo y voluptuoso, donde los sabores del sentido se van trasmutando en aspiración ideal:

NINOYOLNONOTZA

I. Me reconcentro a meditar profundamente dónde poder recoger algunas bellas y fragantes flores. ¿A quién preguntar? Imaginaos que interrogo al brillante pájaro zumbador, trémula esmeralda; imaginaos que interrogo a la amarilla mariposa: ellos me dirán que saben dónde se producen las bellas y fragantes flores, si quiero recogerlas aquí en los bosques de laurel, donde habita el Tzinitzcán, o si quiero tomarlas en la verde selva donde mora el Tlauquechol. Allí se las puede cortar brillantes de rocío; allí llegan a su desarrollo perfecto. Tal vez podré verlas, si es que han aparecido ya: ponerlas en mis haldas, y saludar con ellas a los niños y alegrar a los nobles.
II. Al pasear, oigo como si verdaderamente las rocas respondieran a los dulces cantos de las flores; responden las aguas lucientes y murmuradoras; la fuente azulada canta, se estrella, y vuelve a cantar; el Cenzontle contesta; el Coyoltótotl suele acompañarle, y muchos pájaros canoros esparcen en derredor sus gorjeos como una música. Ellos bendicen a la tierra, haciendo escuchar sus dulces voces.
III. Dije, exclamé: ojalá no os cause pena a vosotros, amados míos que os habéis parado a escuchar; ojalá que los brillantes pájaros zumbadores acudan pronto. -¿A quién buscaremos, noble poeta? –Pregunto y digo-: ¿en dónde están las bellas y fragantes flores con las cuales pueda alegraros, mis nobles compañeros? Pronto me dirán ellas cantando: -Aquí, oh, cantor, te haremos ver aquello con que verdaderamente alegrarás a los nobles, tus compañeros.
IV. Condujéronme entonces al fértil sitio de un valle, sitio floreciente donde el rocío se difunde con brillante esplendor, donde vi dulces y perfumadas flores cubiertas de rocío, esparcidas en derredor a manera de arcoiris. Y me dijeron: - Arranca las flores que desees, oh cantor –ojalá te alegres-, y dalas a tus amigos, que puedan regocijarse en la tierra.
V. Y luego recogí en mis haldas delicadas y deliciosas flores, y dije: -¡Si algunos de nuestro pueblo entrasen aquí! ¡Si muchos de los nuestros estuviesen aquí! Y creí que podía salir a anunciar a nuestros amigos que todos nosotros nos regocijaríamos en las variadas y olorosas flores, y escogeríamos los diversos y suaves cantos con los cuales alegraríamos a nuestros amigos, aquí en la tierra y a los nobles en su grandeza y dignidad.
VI. Luego yo, el cantor, recogí todas las flores para ponerlas sobre los nobles, para con ellas cubrirlos y colocarlas en sus manos; y me apresuré a levantar mi voz en un canto digno, que glorificase a los nobles ante la faz de Tloque-in-Nahuaque, en donde no hay servidumbre.
… El dolor llena mi alma al recordar en dónde yo, el cantor, vi el sitio florido…

De manera que el poeta, en pos del secreto natural, llega hasta el lecho mismo del valle. Estoy en un lecho de rosas, parece decirnos, y envuelvo mi alma en el arcoiris de las flores. Ellas cantan en torno suyo, y, verdaderamente, las rocas responden a los cantos de las corolas. Quisiera ahogarse de placer, pero no hay placer no compartido, y así, sale por el campo llamando a los de su pueblo, a sus amigos nobles y a todos los niños que pasan. Al hacerlo, llora de alegría. (La antigua raza era lacrimosa y solemne.) De manera que la flor es causa de lágrimas y regocijos.
La parte final decae sensiblemente, y es quizá aquella en que el misionero español puso más la mano.
Podemos imaginar que, en una rudimental acción dramática, el cantor distribuía flores entre los comensales, a medida que la letra lo iba dictando. Sería una pequeña escenificación simbólica como esas de que aún dan ejemplo las celebraciones de la Iglesia. Anúncianlas ya los ritos dionisiacos, los ritos de la naturaleza y del vegetal, y perduran todavía en el sacrificio de la misa.
La peregrinación del poeta en busca de flores, y aquel interrogar al pájaro y a la mariposa, evocan en el lector la figura de Sulamita en pos del amado. La imagen de las flores es frecuente como una obsesión. Hay otro cantar que nos dice: “Tomamos, desenredamos las joyas. Las flores azules son tejidas sobre las amarillas, que podemos darlas a los niños. –Que mi alma se envuelva en varias flores, que se embriague con ellas, porque pronto debo ausentarme.” La flor aparece al poeta como representación de los bienes terrestres. Pero todos ellos nada valen ante las glorias de la divinidad: “Aún cuando sean joyas y preciosos ungüentos de discursos, ninguno puedo hablar aquí dignamente del dispensador de la vida.” –En otro poema relativo al ciclo de Quetzalcóatl (el ciclo más importante de aquella confusa mitología, símbolo de civilizador y profeta, a la vez que mito solar más o menos vagamente explicado), en toques descriptivos de admirable concentración surge a nuestros ojos “la casa de los rayos de luz, la casa de culebras emplumadas, la casa de turquesas”. De aquella casa, que en las palabras del poeta brilla como un abigarrado mosaico, han salido los nobles, quienes “se fueron llorando por el agua” –frase en que palpita la evocación de la ciudad de los lagos. El poema es como una elegía a la desaparición del héroe. Se trata de un rito lacrimoso, como el de Perséfone, Adonis, Tamuz o alguno otro popularizado en Europa. Sólo que, a diferencia de lo que sucede en las costas del Mediterráneo, aquí el héroe tarda en resucitar, tal vez nunca resucitará. De otro modo, hubiera triunfado sobre el dios sanguinario y zurdo de los sacrificios humanos, e impidiendo la dominación del bárbaro azteca, habría transformado la historia mexicana. El quetzal, el pájaro iris que anuncia el retorno del nuevo Arturo, ha emigrado, ahora, hacia las regiones ístmicas del Continente, intimando acaso nuevos destinos. “Lloré con la humillación de las montañas; me entristecí con la exaltación de las arenas, que mi señor se había ido.” El héroe se muestra como un guerrero: “En nuestras batallas, estaba mi señor adornado con plumas.” Y, a pocas líneas, estas palabras de desconcertante “sintetismo”: “Después que se hubo embriagado, el caudillo lloró; nosotros nos glorificamos de estar en su habitación.” (“Metióme el rey en su cámara: gozarnos hemos alegrarnos hemos en ti.” Cant. de Cant.) El poeta tiene muy airosas sugestiones: “Yo vengo de Nonohualco –dice- como si trajera pájaros al lugar de los nobles.” Y también lo acosa la obsesión de la flor: “Yo soy miserable, miserable como la última flor”.

IV

But glorious it was to see, how the
Open region was filled with horses and chariots…

Bunyan, The pilgrim´s progress

Cualquiera que sea la doctrina histórica que se profese (y no soy de los que sueñan en perpetuaciones absurdas de la tradición indígena, y ni siquiera fío demasiado en perpetuaciones de la española), nos une con la raza de ayer, sin hablar de sangres, la comunidad del esfuerzo por domeñar nuestra naturaleza brava y fragosa; esfuerzo que es la base bruta de la historia. Nos une también la comunidad, mucho más profunda, de la emoción cotidiana ante el mismo objeto natural. El choque de la sensibilidad con el mismo mundo labra, engendra un alma común. Pero cuando no se aceptara lo uno ni lo otro –ni la obra de la acción común, ni la obra de la contemplación común-, convéngase en que la emoción histórica es parte de la vida actual, y, sin su fulgor, nuestros valles y nuestras montañas serían como un teatro sin luz. El poeta ve, al reverberar de la luna en la nieve de los volcanes, recortarse sobre el cielo el espectro de Doña Marina, acosada por la sombra del Flechador de Estrellas; o sueña con el hacha de cobre en cuyo filo descansa el cielo; o piensa que escucha, en el descampado, el llanto funesto de los mellizos que la diosa vestida de blanco lleva a las espaldas: no le neguemos la evocación, no desperdiciemos la leyenda. Si esa tradición nos fuera ajena, está como quiera en nuestras manos, y sólo nosotros disponemos de ella. No renunciaremos –oh Keats- a ningún objeto de belleza, engendrador de eternos goces.

Madrid, 1915

Alfonso Reyes 

Para otra tumba sin nombre

- ¿Por qué intentáis dañarla en esa forma?
- Por ser hermosa y delicada. ¿No basta?
Adelaide Crapsey: Susana y los viejos.

Yolanda Oreamuno (1916-1956). 
"La historia es el relato de lo que nunca ocurrió contado por alguien que no estuvo allí". La definición atribuida a Gómez de la Serna describe muy bien lo que es una novela. En Argentina se toma ya por verdad histórica mucho de lo que inventó Tomás Eloy Martínez en Santa Evita. En México no nos cansaremos de repetir el ejemplo máximo: Chimalistac no es el lugar donde fue asesinado el general Álvaro Obregón y donde hoy se levanta su cenotafio, es decir un monumento funerario sin cadáver dentro, sino el pueblo de Santa, mujer que nunca existió y que sin embargo la novela de Federico Gamboa convirtió en una presencia más real que la realidad. 
"La verdad de las mentiras" es para Mario Vargas Llosa el arte del novelista. Con La Fugitiva, que acaba de aparecer en Alfaguara, Sergio Ramírez añade a esta junta de sombras, a esta galería de espectros que ahora podemos conocer como jamás descubriremos a una persona de carne y hueso, la presencia fantasmagórica y muy real de Yolanda Oreamuno (1916-1956), la escritora costarricense que yace en el cementerio de San José bajo una loza sin nada que la identifique excepto el número 729. El 8 de julio caducará la vigencia de este sepulcro. No sabemos si los cuatrocientos seguidores que ella tiene en Facebook se habrán multiplicado para entonces y lograrán que se le dé al fin el memorial del que es digna. También ignoramos si se presentará el hijo que le fue arrebatado y que en 2011 ya tendrá setenta años. 

El don de la desventura

Durante su exilio en Costa Rica, Sergio Ramírez fue el responsable de Educa, la Editorial Universitaria Centroamericana. Allí rescató La ruta de la evasión (1948), la extraordinaria novela de Yolanda Oreamuno, tal vez la primera narración hispanoamericana que empleó el monólogo interior y el juego temporal propios de la novelística del siglo XX, mientras los narradores de su generación estaban dedicados al costumbrismo o al realismo social. 
Para hacer posible esta innovación que hasta ahora no ha recibido el sitio que merece en nuestra historiografía literaria, fueron indispensables, aparte del gran talento natural de su autora, varios elementos: una excelente institución laica y gratuita como el Colegio Superior de Señoritas, una profesora que despertó en sus alumnas el amor por la literatura, una de esas pequeñas librerías con las que arrasó el neoliberalismo, un libreto que se atrevió a importar unos cuantos ejemplares de En busca del tiempo perdido y una revista como el Repertorio americano que Joaquín García Monge sostuvo heroicamente en Costa Rica de 1919 a 1939. 
Lo que no tuvo Yolanda Oreamuno fue una industria editorial que la apoyara (¿Sería explicable el rotundo triunfo de Borges sin el auge de las editoriales argentinas entre 1940 y 1967?), un auténtico ambiente literario con sus revistas y suplementos y una institución universitaria donde pudiera formarse como escritora. 
Huérfana de padre en los primeros meses de su vida, no le quedó más remedio que estudiar mecanografía y secretariado y graduare como perito contable. Perdió su empleo en correos y telégrafos por boicotear la presentación de un declamador franquista. A estas precariedades se sumaban las dos características que desde fuera se considerarían ventajas: su inteligencia y su belleza extraordinaria. Un día, al verla bajar una escalera, los que estaban en el edificio no pudieron sino aplaudirla. Su coetáneo Joaquín Gutiérrez, el novelista de Puerto Limón y gran traductor de Shakespeare, que además fue el más simpático de los escritores, dijo: "Era tal su belleza que el Sol se paraba a verla." Sí, pero también despertaba la envidia, el odio y la malevolencia que la acosaron toda su vida. 

Las niñas de San José 

Yolanda Oreamuno sobrevivió a intentos de rapto, a una tentativa de violación a manos de su padrastro y se casó con un diplomático chileno que tenía todas las cualidades pero también estaba infectado de sífilis y gonorrea. El marido se la llevó a Santiago y se suicidó ante el sepulcro de sus padres. Ella se quedó en la casa hostil de sus cuñadas hasta que pudo regresar a Costa Rica donde tuvo la fortuna de hallar a un gran médico que la rescató de las enfermedades y le dio todo su apoyo. El doctor, héroe de la Primera Guerra Mundial, fue asesinado por un paciente enloquecido porque los cuidados terapéuticos no pudieron darle la normalidad imposible. 
Cuando el general Cárdenas acabó sin sangre con la dictadura del Jefe Máximo Calles, se refugió en Costa Rica  Tomás Garrido Canabal, el anticristo tabasqueño que llevó su odio a la Iglesia católica a extremos de esperpento trujillesco, por ejemplo llamar Castel Gandolfo a su granja de cerdos. En un restaurante de San José conoció a tres muchachas bellísimas: Yolanda, su compañera de colegio Eunice Odio y la más joven, Isabel Vargas Lizano. Garrido Canabal que era todo menos un abusador sexual, cumplió la ilusión de Isabel: venir a México para hacerse cantante. De las tres sería la única que iba a alcanzar el triunfo y la supervivencia. Hoy, a la sombra del Tepozteco, la niña Isabel es nuestra grande e incomparable Chavela Vargas. 
Una leyenda urbana de los cincuenta mexicanos afirma que la célebre "Macorina" fue compuesta por Chavela en homenaje a Yolanda. Lo cierto es que la letra pertenece al poeta hispano-cubano-mexicano Alfonso Camín, el amigo de López Velarde, y que de sus cien libros por desgracia sobreviven nada más que los versos que musicalizó Chavela. Sus relaciones con Yolanda, a quien sin duda amó apasionadamente, nunca llegaron al terreno físico. 

La errancia sin fin

Virginia Woolf decía que para convertirse en escritora una mujer necesita un cuarto propio. Yolanda no tuvo ni siquiera un escritorio propio. Su siguiente marido, un líder comunista que hizo en Costa Rica y Guatemala leyes favorables a los trabajadores, ocupaba la única mesa con sus libros y su máquina de escribir. Como muchos hombres de izquierda, este señor creía que su devoción por las masas bastaba para extentarlo de tratar bien a sus prójimos más próximos. No resistió la superioridad intelectual de su esposa ni el revuelo que causaba en todos los hombres y terminó por dejarla y arrebatarle al hijo que tuvo con ella. Pasó de la hoz y el martillo a los rosarios y escapularios y terminó dándose golpes de pecho. 
Durante sus años de casada en Guatemala, Yolanda Oreamuno obtuvo el Premio Centroamericano de Novela con La ruta de su evasión, pero el libro no alcanzó a circular en otros países. Siguió la etapa mexicana. Yolanda no logró afianzarse en nuestro medio literario ni convertirse en la estrella de cine a la que parecía destina por su deslumbrante presencia física. Julio Bracho intentó colocarla pero sus propósitos quedaron en nada. 


En esos primeros años, en el ya desde entonces monstruoso DF tuvo un apoyo limitado del gran poeta nicaragüense Salomón de la Selva. Su hermano Rogelio era en el régimen de Miguel Alemán no el simple secretario particular sino una mezcla de gran visir y Córdoba Montoya. (Como siempre sucede en México los poderosos de ayer se convierten en los parias de hoy, aunque bien pertrechados económicamente para sobrellevar la desventura). Sin el amparo de Salomón de la Selva Yolanda volvió a la vida errante. En Estados Unidos enfermó de gravedad. Por gentileza de otra de sus amigas costarricenses, la siempre solidaria Ninfa Santos, entonces esposa de Ermilo Abreu Gómez, pudo ser internada en un hospital de caridad en Washington. Allí sufrió la extirpación del bazo. Las consecuencias de la operación fueron terribles: las heridas supurantes nunca cerraron. 

Amor, tragedia y muerte de Eunice Odio

De regreso a México la amparó su amiga y compañera de escuela Eunice Odio. Era casi tan bella como Yolanda e inspiró a muchos poetas mexicanos ("Es grande el mundo Eunice / como el tranquilo resplandor de tus ojos / pero no siempre es verde"). La autora de Los elementos terrestres y El tránsito de fuego merece otra novela como la de Sergio Ramírez. Izquierdista furibunda, la enviaron a Guatemala para hacer un reportaje contra el dictador Castillo Armas que había derrocado por orden de John Foster Dulles al presidente legítimo Jacobo Arbenz. 
El dictadorzuelo enloqueció por Eunice y le propuso matrimonio. Castillo Armas fue asesinado, al parecer, por órdenes de Trujillo. Eunice volvió a México y se convirtió en anticomunista militante. Con ello se ganó el repudio de toda la intelectualidad guatemalteca asilada en México y por tanto de la izquierda mexicana en su conjunto. 
Este drama en el que Yolando Oreamuno no tuvo arte ni parte contribuyó a hacer aun más amargos sus últimos días. El 8 de julio de 1956 murió en el célebre apartamento de Eunice Odio en la calle de Río Neva. Fue enterrada en el Panteón Francés de San Joaquín en una tumba sin lápida ni nombre. De allí sus restos fueron trasladados a San José en 1961 a la oscura fosa en que yacen hasta el momento. 
Todavía más trágico fue el destino de su compañera. Una noche de 1966 sonó el teléfono de todas las personas que figuraban en la agenda de Eunice Odio. La voz española de una vecina narró con delectación goyesca cómo y en qué condiciones, a las varias semanas de muerta, fue encontrado en la tina de su baño el cadáver de la otra gran belleza costarricense. 
De las tres niñas de San José sólo iba a perdurar contra el viento y marea la que más frágil parecía y al final resultó la más fuerte. Hoy el canto bravío y desolado de Chavela Vargas las hace permanecer más allá de la muerte y el olvido. 

José Emilio Pacheco (JEP)

Publicado originalmente en Proceso 1805; 5 de junio de 2011.  

 

13.2.15

Escaleras

Hay escaleras hermosas. Una, por ejemplo, es la del Colegio de Minería. Pero otras son horribles: esas por donde llegan a sórdidas alcobas los desesperados. Existen, verbigracia en Los Ángeles, por Main Street, hoteles sombríos cuyas escaleras interiores parecen llevar a cuevas siniestras, donde la soledad, bajo una lámpara opaca y amarilla, ciñe las almas de los huéspedes. Hay una puerta abajo con los vidrios sucios, y luego los peldaños grises, con huellas de pasos sin esperanza y cigarros apagados. La gente –un negro, un chino, un mexicano, una mujer morena o una rubia apagada– asciende casi con odio, casi con dolor, casi ausente de lo humano, casi como un bulto de rencores, casi...
 
En Ámsterdam, las escaleras también son tristes. Pero no tanto. Escaleras de hoteles de marinos, olorosos a brea y a ginebra, a tabaco plebeyo y amores descompuestos. En París, huelen a jabón barato y a madera húmeda. En México, a trapo mojado y a pasión desvanecida. Pobres escaleras. Y, sin embargo, los novelistas no se fijan en ellas ni dedican una línea a su madera fatigada. Pero los personajes de las novelas y de la vida han de subirlas. También los mismos novelistas. Graham Greene se refiere a una escalera donde un peldaño cruje. Pero nada más. Algunos autores de novelas policiales las aluden con tenue sombra de misterio; las rechazan luego. 


A pesar de todo, las escaleras suelen ser personajes importantes. Una novela, según se sabe, hubiera enriquecido la substancia si el autor hubiera tenido mayor cuidado con las escaleras.



Casi todas las escaleras tristes son de madera: gimen bajo el peso de los seres. Casi todas las bellas, en cambio, son de piedra y alcanzan un préstamo romántico. 



Lo mismo hay, por cierto, melancólicas y sucias escaleras de piedra. En Roma, en las viejas casas de México, en Montparnasse, en Cuernavaca, en Valparaíso y en Helsinki.



Pero la literatura prefiere escaleras de nulo o dudoso prestigio.
Y no deja de ser un olvido.  

José Alvarado

12.2.15

Los dos Alejandros


332 a.C.. A orillas del Nilo, Alejandro Magno sueña con una  ciudad que llevará su nombre. El sueño es confirmado por su terapeuta personal Aristrando y más tarde Ptolomeo I la puebla de sus propios sueños: un paraíso para el conocimiento, un templo de las musas. Contemporáneo de una generación brillante en la que destaca Euclides, Arquímedes e Hiparco de Nicea, Timón de Flionte indica que Alejandría “alimenta gente que rasca papiros y que compite todo el tiempo por estar en la casa de las Musas”. ¿Qué hay allí que seguirá extendiéndose hasta no dejar huella? Gramáticos, filósofos, geógrafos, médicos, poetas, un jardín botánico profuso, cientos de maestros, miles de estudiantes, un puerto, un deambulatorio, un ábside, un faro, griegos, cristianos, judíos, islámicos y la biblioteca más grande y famosa donde las haya.
Las circunstancias –una guerra de navíos iniciada por el César, entre otras- hacen mengua en sus archivos. Se incendian, se llevan, se rescatan. Finalmente, en el s. V d.C. un grupo de fanáticos cristianos, comandados por un tal Teófilo, la pulverizan. El número de los libros que albergó y no volveremos a ver jamás se deja a discreción. Unos dicen cuarenta mil; otros, medio millón. Entre todo: una biblioteca personal de Aristóteles, textos budistas, de zoroastrismo, paganos (dioses y lenguaje incluidos), la historia de Babilonia de un sacerdote caldeo, la traducción de la Biblia de los setenta y dos helenizantes, versiones de Zenódoto a los textos de Homero, el corpus de Hipócrates estudiado por Galeno, el original de la Torá traído de Jerusalén.
Para que no queden dudas sobre su consigna, el sobrino de Teófilo, Cirilio (San Cirilio para la Iglesia Católica) tortura, descuartiza y asesina a Hipatia, filósofa, astrónoma y algebrista. El 28 de febrero del 380 se había emitido el Edicto de Tesalónica a todas las extensiones del Imperio Romano y era muy puntual: “Ordenamos que tengan el nombre de cristianos católicos quienes sigan esta norma, mientras que los demás los juzgamos dementes y enfermos sobre los cuales pesará la infamia de la herejía”. Nunca se sabe hasta qué punto se puede interpretar la piedad, la santidad apostólica y otras palabras mencionadas en ese mismo Edicto.
En 2009, otro Alejandro, Amenábar, realiza el sueño de construir Alejandría. Del emperador al cineasta, la misma aspiración: construir una ciudad, ¿no es el juego de un niño? Con el auxilio de ochenta millones de dólares y un equipo de quinientos profesionales tan sólo en el departamento de arte, es levantada en Malta una reconstrucción bastante fiel a Alejandría; fiel hasta donde llegan las investigaciones de una ciudad sepultada en algún lugar bajo las aguas, la película Agora (2009) retrata la esperanza de una mujer por comprender el universo a través de la ciencia -entonces los planetas y el Sol giraban alrededor de la Tierra-, en un tiempo de discordia, barbarie y machismo, ¿y cuál era ese? Para evidenciarlo, Amenábar se sirve de primeros planos y close-ups que, por ejemplo, pasan  de los pies de Hipatia acariciados por su esclavo a panorámicas que, en momentos de algidez social, figuran los hombres hormigas, dementes hormigas que en vez de reconocerse con sus antenas y continuar su camino se eliminan unas a otras. En suma, nuestra barbarie, que de cerca dan ganas de llorar y de lejos, es ridículo. Las hordas salvajes ingresan a la monumental biblioteca para prenderla en fuego, alguien grita “Dios es uno”, todos se sienten eufóricos, enardecidos, pero la panorámica se eleva hasta que la ciudad se pierde entre la tierra, hasta que la tierra, y todo su planeta, se pierde en el espacio, el espacio ilimitado y silencioso -en la película, con música de Marianelli- que exploraba Hipatia, ahí donde ya no nos vemos.

Redacción Párpado

9.2.15

El misterio del viaje trasatlántico en avión o de la nota errada


 Un artículo publicado en una revista literaria nicaragüense de 1980, y vuelto a publicar o a digitalizarse en internet hace muy poco, redacta una semblanza de Julio Cortázar (1914-1984) para dar pie a un cuento suyo: “La Señorita Cora”. Lo de siempre: que por la actividad diplomática de su padre fue a nacer a Bélgica el 26 de agosto de 1914, que vivió en Suiza, en Barcelona (donde admiró, con los enormes ojos que desde niño tuvo, el Parque Güell de Gaudí), en Banfield, Chivilcoy, Mendoza, Buenos Aires, que de niño llegó a leer tanto que un médico aconsejó a la madre retirarle los libros (tenía pleuritis, asma y era aislado), que creció dos metros, escribió unas cosas y borró otras, encontró ocupación de traductor al francés y al inglés y “viajó a Europa en 1949, deseoso de conocer Italia y Francia. En el avión en que viajó coincidió con los poetas colombiano y mexicano: Porfirio Barba Jacob y Carlos Pellicer”. La nota continuaba y resumía la vida oficial del escritor.
El dato que cito por ningún lado checa. Barba Jacob, a ese fecha, llevaba siete años muerto. Y en efecto, Cortázar realizó ese viaje pero en barco. Y con quien coincidió fue con Edith Arón, prefiguración de La Maga.
¿A qué este yerro?, ¿quién escribió una semblanza a la que agregó una línea del todo fantástica? Tal vez un aburrido corresponsal que bien creyó pasaría desapercibida una línea así, ¿y cuál iba a ser la diferencia si de todos modos nadie lee con demasiada atención las semblanzas, la reiteración de la memoria obligada y breve de inicio de simposio? Semblanza anónima o de la redacción, nadie firmó. Peor aún: cuando quise volver a revisar la página pecaba de Error 404 y no la encontré por otra vía. El nombre de la revista era Voz Urbana y aquella era la número 23.


Barba Jacob

Porfirio Barba Jacob (1884-1942) nunca viajó en avión. Sus restos al morir sí (de México a Colombia) pero él o su alma no. Nada lo relaciona con viajes en avión más que algunas líneas que escribió desde la tierra acerca de la llegada a Barranquilla, Colombia, del aeroplano Breguet 29 piloteado por Dieudonne Costes y José María Le Brix en diciembre de 1927. Escribió en El Espectador (enero, 1928): “La llegada de los jóvenes capitanes nos da una suerte de universalidad con que acaso no habíamos contado. Un día las estupendas proezas de la aviación vienen a probarnos que el milagro es ya un hecho cotidiano y a sugerirnos que las rutas del aire pueden llegar a ser mucho menos peligrosas que las rutas del suelo. La aviación consuma apenas sus primeras victorias definitivas, pero nos deja entrever mil admirables posibilidades cercanas. Ella prestará matemática seguridad a sus naves; sabrá ponerlas a cubierto de las mutaciones de la meteorología; les dará ensanche acorde con las exigencias del turismo, de la industria, del comercio. Se hará tal vez más rápida, de suerte que llegue a reducir las distancias. ¿Será así? Algo se resiste en nosotros a la admisión de una realidad que tiene tan vivas trazas de cercanía en el curso de los años”. Su entusiasmo por la máquina voladora y los inevitables avances tecnológicos que su imaginación prodigiosa intuye decae al final de la nota en que vuelven a derretirse las alas de Ícaro: “Pero aun en las magníficas epopeyas del aire, cruzando los océanos y los continentes a una velocidad que suscita el vértigo, en medio del orgullo de su nueva dominación, el hombre no se habrá redimido de su vieja inquietud, de la tristeza que se esconde en la oscuridad de sus orígenes y de sus destinos. En este canto magnífico vuelve a torturarnos el dolor, el irreductible dolor humano. Y es que la certidumbre de nuestra limitación, de estar eternamente presos en este saco que es nuestra piel, reaparece y se aviva por el contraste de la miseria propia con esa visión de gloria imposible, de vuelo ilimitado, de júbilo que ningún dios pudo sentir jamás”.




Carlos Pellicer

Nada relaciona tampoco a Barba Jacob con Julio Cortázar, aunque sí con Carlos Pellicer (1897-1977). De hecho, Pellicer acompañó los restos de Barba Jacob desde México hasta Antioquia, a pedido de Torres Bodet. Y en vida lo conoció y fueron amigos de los que muy poco se frecuentan. Pellicer sí gozó del privilegio de viajar en avión. Amigo de Vasconcelos, viajó con él por todos lados. Vasconcelos escribe que “desde la nave aérea ha visto Pellicer su América”. En algún momento, incluso, fue propósito de Pellicer estudiar aviación. Ese deseo también tuvo en su adolescencia el que entonces ya era Ministro de México en París, Alfonso Reyes. Por eso Pellicer lo consultó y Reyes quedó en orientarlo, pero doña Deifilia, madre de Pellicer, le pidió al ministro que no ayudara al hijo a cumplir tal propósito absurdo. Pellicer no estudió aviación pero nada impidió que se sintiera aviador. En un prólogo inédito a “Poemas aéreos” de 1956 (dedicado a Alfonso Reyes por lo que ahora sabemos) escribe: “Estos poemas no deben sorprender a nadie si se piensa que han sido escritos con la lógica de los aviadores. El aviador, desde su avión, está haciendo el mundo a su antojo (…) La de los aviadores es una lógica dinámica que no tiene nada que ver con la del resto de los hombres. Cuando el piloto es muy hábil, para ejecutar actos de acrobacia, se tiene la impresión real de que no es el avión, sino las cosas las que se mueven. El aviador, antes que otra cosa, es artista (…) El acto de volar es en sí ya un acto de belleza (…) La idea de tiempo y espacio se aniquila durante el vuelo. El pensamiento desaparece casi completamente”.
Algunos versos notables de “Poemas aéreos”: “De aquella libertad quedé cautivo. Bebiéndome la sed planté el desierto y del sol en el cielo fui nativo”. “Toda criatura me dirá: “contigo” cuando en el agua escuche mi voz clara”. “Yo vivo todo en tierra. Tú eres cielo. Tú azul, y yo en el hueco de mí mismo”. “Y salgo a caminar entre dos cielos y ya al anochecer vuelvo a mis ruinas”. “La desnudez del campo, su sonora musculatura, su reposo esbelto…”. “Mi voluntad de ser no tiene cielo; sólo mira hacia abajo y sin mirada.”.


Julio Cortázar

Por su parte, Cortázar dejó dos obras maestras del cuento que guardan estrecha relación con los aviones. “La isla a mediodía”, que apareció en “Todos los fuegos el fuego” (1966), libro inmediatamente posterior a Rayuela, y “Manuscrito hallado junto a una mano” que habría escrito en 1955. Se conservó en la Universidad de Texas en Austin desde entonces y Alfaguara lo rescató en “Papeles inesperados” (2009).
Sin la existencia del avión en su tiempo, estos cuentos no habrían podido ser. En ambos, el avión es el espacio narrativo fundamental y el clímax de los relatos están asociados a esa pesadilla de muchísimos que es la abrupta caída de un avión. Sobre todo el segundo parece realmente haber sido escrito desde un avión.
El narrador se dice aburrido del vuelo y se pone a escribir la historia que lo llevó a ese momento porque “me complace releer una y otra vez mi maravillosa historia”. Si se jacta es porque ha logado extorsionar a violinistas y vivir de sus dineros (17,900 dólares mensuales). Descubrió que si en un concierto de orquesta pensaba en su tía, de forma misteriosa e irrevocable el violinista se equivocaba. El desenlace, como todo el cuento, es propio de quien pudiendo ser genio prefiere ser genial: “Ya estamos llegando, el avión inicia su descenso. Desde la cabina de comando debe ser impresionante ver cómo la tierra parece enderezarse amenazadoramente. Me imagino que a pesar de su experiencia, el piloto debe estar un poco crispado, con las manos aferradas al timón. Sí, era un sombrero rosa con volados, a mí tía le quedaba tan”.
“La isla a mediodía” es más solemne y no menos fantástico. “La primera vez que vio la isla, Marini estaba cortésmente inclinado sobre los asientos de la izquierda, ajustando la mesa de plástico antes de instalar la bandeja del almuerzo”. La isla comienza a obsesionarle; cada vez que transita por encima, rodeada por el “intenso azul” del mar Egeo, la mira con devoción.  Finalmente se decide a visitarla. “La isla lo invadía y lo gozaba con una tal intimidad que no era capaz de pensar o de elegir. (…) Supo sin la menor duda que no se iría de la isla, que de alguna manera iba a quedarse para siempre en la isla. Alcanzó a imaginar a su hermano, a Felisa, sus caras cuando supieran que se había quedado a vivir de la pesca en un peñón solitario. Ya los había olvidado cuando giró sobre sí mismo para nadar hacia la orilla”. Marini está extasiado. Se deja caer de espaldas en la arena y mira al cielo. Aparece el avión, el vuelo en que solía viajar. “Cerrando los ojos se dijo que no miraría el avión, que no se dejaría contaminar por lo peor de sí mismo, que una vez más iba a pasar sobre la isla”. Al abrir los ojos el avión está cayendo en picada.
Para los tres poetas, que nunca viajaron juntos en 1949, el avión vuela en el mismo sentido que las magias. A 31 mil pies sobre el nivel del mar todo es posible, y eso lo saben mejor quienes ya desde la tierra –como Barba Jacob, que nunca voló en avión- bajo ese principio actuaron.


Hermanos Wright

Quienes se acostumbran a volar en avión olvidan que durante siglos y siglos ese fue un acto que la humanidad sólo pudo soñar y que apenas se hizo posible el 17 de diciembre de 1903 en que los hermanos Wright culminaron los esfuerzos. Para los poetas, que no se acostumbran nunca a nada, un vuelo en avión, como muchas otras cosas, es un hecho imposible que sucede y no se pide explicación. En aquellas alturas Pellicer encontró mucho de acrobacia y de Dios. En ese flote, entre las turbulencias, la Divina Gracia. Cortázar pudo hacer uso de su fantasía, esa percepción que atisba “la interferencia de elementos que no corresponden”. El carácter de Barba Jacob fue como “un aeroplano veloz, triunfal sonoro, con motor de diamante, con hélice de oro…” (Imágenes) o como el humo, de acuerdo a su exhaustivo biógrafo, Fernando Vallejo; flotó y se dejó llevar por el viento de la vida.
Inevitable imaginarlos, cada uno en su asiento que, desde luego, eligieron contra la ventanilla. Sus ojos iluminados por las nubes blancas. Las nubes y ellos a la misma altura, su boca entreabierta de estupefacción, su mirada inquieta. Inevitable ser testigos de su asombro, del miedo primitivo en el despegue, al abrocharse el cinturón, al prepararse. Casi no tardan en desprenderse esa timidez de pájaros que no saben de vértigo. La ciudad pequeña, la ciudad cada vez más pequeña, porque París o Bagdad o Antioquia son apenas trazos de la tierra inmensa, abierta. La tierra y el cielo, como dispuestos para ser cultivados por ellos, por sus visiones. Los grandes lagos, como charquitos de calles. Los barcos, ¿cuáles? La línea del horizonte, ¿cómo explicarlo? El crepúsculo majestuoso sólo interrumpido por la también bella azafata. En lo más alto, los poetas escriben sin dejar de mirar por la ventana, sin dejar huella en el cielo aunque sí en sus hojitas y en su imaginación. Sólo el aterrizaje los devolverá a lo suyo.
Inevitable imaginarlos al descenso, a la espera de su maleta en el carrusel donde ya empiezan otras a deslizarse. Si se encontraron no se reconocieron. Se parecen tanto y a la vez cada quien es su mundo. Están ahí, abstraídos como si el cielo los hubiera enmudecido.

Emilio Toledo M. 

2.2.15

La broma de Milan Kundera



Primavera de Praga

“Lo castigaron por tomarse a broma lo que ellos consideraban sagrado”, en una frase extraída de La broma (1967) se resume uno de los ejes principales de esta novela de Milan Kundera.
La instauración del totalitarismo es también la instauración de la seriedad; es la pérdida del sentido común y el sentido del humor en una sociedad obsesionada con ciertas ideas y dictámenes. El comunismo, el poder sin contrapeso y la censura se impusieron en República Checa y otros países de Europa (entonces conformados en la URSS) durante décadas. Milan Kundera, como muchos otros, lo padeció en carne propia y tuvo que exiliarse en 1975 en Francia.
El hilo conductor que da título a la obra es la tragedia de Ludvik Jahn en Praga. Es 1949. La revolución comunista ha prendido mecha y arribado al poder el año anterior. En un intercambio de cartas, Ludvik bromea a la mujer que quiere ligar escribiendo: “¡El optimismo es el opio del pueblo! El espíritu sano hiede a idiotez. ¡Viva Trotski!”. Trotski, detractor de Stalin, que vino a morir a México asesinado por la policía secreta de la URSS, era nombre prohibido para la ideología imperante. La carta es descubierta por el Partido Comunista de Praga y Ludvik enjuiciado, expulsado, encarcelado en una prisión militar y obligado a hacer trabajos forzados en una mina durante tres años. Una frasecita le condena y cambia la vida.
La historia es relatada a varias voces; voces y miradas de personajes en cuya introspección conviven la crítica y la autocrítica, pues nunca se sabe a ciencia cierta si el mal viene de fuera o la conciencia lo ha admitido: “Me invadió una ola de rabia contra mí mismo, contra la edad que entonces tenía, contra la estúpida edad lírica en la que el hombre es para sí mismo un misterio demasiado grande como para que pueda dedicarse a los misterios que están fuera de él”. La historia expone, a detalle, la hipocresía política y social: “es difícil –escribe Kundera- vivir con gente que estaría dispuesta a mandarte al destierro o a la muerte, es difícil confiar en ellos, es difícil amarlos”. Es el rechazo moral a ciertos valores que parecen ser los valores indiscutibles de la época.
 Un año después de publicar La broma, “la invasión soviética lo trastocó todo”, recuerda Kundera. “La broma fue cubierta de acusaciones injuriosas como resultado de una larga campaña de prensa, fue prohibida –al igual que mis otros libros- y retirada de las bibliotecas públicas”. Tras la censura en República Checa, Louis Aragon ayudó a circularla en Francia. Terminó siendo traducida a doce idiomas. La traducción del checo al español la realizó Fernando de Valenzuela.
En 1985 decía Kundera a The New York Times: “La vida, cuando uno no puede recatarla a los ojos de los demás, es como un infierno. Los que han vivido en regímenes totalitarios lo saben, pero esos sistemas sólo ponen de manifiesto, como una lente de aumento, las tendencias de la sociedad moderna, en general. La devastación de la naturaleza, la declinación del pensamiento y del arte, la burocratización, la despersonalización, la falta de respeto a la vida personal. Sin intimidad, nada es posible… ni el amor, ni la amistad”.
Este fenómeno lo explora Tzvetan Todorov en “El hombre desplazado”: “Frente a la presión del poder, el individuo adopta una estrategia de desdoblamiento. Consiste ésta, esencialmente, en disponer de dos discursos alternativos. El discurso público es el mismo que difunden la televisión, la radio y la prensa, el que se oye en las reuniones políticas. Es el que hay que emplear en todas las circunstancias oficiales. Se usa el discurso privado en casa, entre amigos, o para todo dominio al que no afecte demasiado la ideología, tal como el deporte o la pesca”. Se crea un pensamiento doble que es “como una vacuna que el Partido querría inocular a todos para que la incoherencia del pensamiento esté en armonía con la incoherencia del mundo”. Y continúa: “Al practicar masivamente el desdoblamiento, la mayoría de los sujetos del régimen se sienten en paz, por creer que escapan a él en lo que consideran ser su verdadera vida (el dominio privado). En realidad, al totalitarismo le conviene esta manera que cada uno tiene de consolarse, pues eso le deja las manos libres allí donde lo desee”.


Las milicias comunistas en el Puente de San Carlos, Praga 1948

Otra particularidad del régimen totalitario que explora Todorov –y que sin duda aparece en otras formas del poder- es la ausencia de responsabilidad individual de quienes lo constituyen. Al analizar los juicios a responsables del sistema búlgaro que instauró campos de concentración, encuentra que estos “no se sienten culpables”. Y explica o razona: “Este sistema no surge por azar; es fiel reflejo de la estructura de lo que podríamos denonimar el crimen totalitario (…) una pletórica burocracia encargada de transformar los horrores concretos en insípidos datos estadísticos, y de velar por el cotidiano cumplimiento de las consignas abstractas provenientes de la cumbre del poder”. Es éste el contexto permanente en La broma. Mundo que rodea a un individuo cuya individualidad no reconoce y hace de su ironía el comentario forzosamente serio. Sensación kafkiana: la realidad como una mala broma, un laberinto sin salida ni razón pero justificado por estatutos legales. Relata Ludvik: “…toda la historia de mi vida comenzó con un error, con la estúpida broma de la postal, con aquella casualidad (…) Aquellos errores fueron tan corrientes y tan extendidos que no fueron en absoluto una excepción o un “fallo” dentro del orden de cosas, sino que, por el contrario, eran ellos los que conformaban el orden de cosas”.

Retrato ilustrado de Kharms

Caso aparte, pero ejemplo de lo mismo, es Daniil Kharms, asesinado por el estalinismo en Rusia. Su error fue, precisamente, escribir ironías, cuentos del absurdo de profundo talento pero incomprensibles para el régimen. En 1931 lo encarcelan. Es acusado, entre otras cosas, porque “sus escritos absurdos se oponen a los valores soviéticos del materialismo”. Es liberado pero en 1941 lo vuelven a encarcelar; ahora en una prisión-manicomio. El 2 de febrero de 1942 se reporta su muerte, un homicidio disfrazado.
Un cuento de Kharms, por mínima justicia: “Había un hombre pelirrojo que no tenía ojos ni orejas. Ni siquiera tenía cabello, así es de que eso de que era pelirrojo es un decir. No podía hablar porque no tenía boca. Tampoco tenía nariz. Ni siquiera tenía brazos ni piernas. Tampoco tenía estómago ni espalda ni espina dorsal ni intestinos de ningún tipo. De hecho, no tenía nada. De modo que es muy difícil entender de quién estamos hablando. Tal vez sea mejor no hablar de él.” (Cuaderno azul número 2).
La broma avanza en polifonía, en cruce de ejes: el hombre moderno en contraposición al hombre del campo, representado en La Cabalgata de los Reyes y en Lucie, la herencia de la mitología y los rituales ancestrales y la pérdida de esta memoria que la nostalgia consigna mejor que nadie. “El hombre moderno hace trampas. Trata de pasar de largo por todos los puntos clave y atravesar gratis de la vida a la muerte. El hombre del campo es más honesto. Llega hasta el fondo de cada una de las situaciones básicas”, dice Jaroslav.
A partir de la capítulo cuarto, La broma ejercita prosa sobre música; meditación y análisis sobre la canción popular de Moravia, el mundo eslavo, gitano y griego, la presencia dionisiaca, el tetracordio lidio, frigio y dórico, la complejidad rítmica.
Escrita un año antes del 68, prefigura la ebullición y describe el acercamiento juvenil al ánimo subversivo. “Durante toda la primera estrofa pensamos que sucumbiríamos, que nadie oiría nuestro canto, pero luego se produjo un milagro”.
Cuando se pierde el sentido común posiblemente se haya perdido el sentido de las relaciones humanas en un momento de la historia. La broma impide mirar de lejos lo que de cerca narra, conduce a las fuentes que debieron o deben originar un sentido colectivo e individual auténtico y, de paso, advierte: “Las fuentes no se pueden organizar. Las fuentes surgen o no surgen”.

Emilio Toledo M. 

31.1.15

Borges y las mil y una noches


(Redacción Párpado) El 22 de junio de 1977, en el Teatro Coliseo de Buenos Aires, Jorge Luis Borges habló sobre “Las mil y una noches”, como parte de un ciclo de conferencias que también incluyó  “La Divina Comedia”, “La pesadilla”, “El budismo”, “La poesía”, “La cábala” y “La ceguera”. 
A continuación se reproducen las palabras de Borges, que fueron corregidas por él mismo para su publicación en 1980. No es ni la primera ni la última vez que va a hablar de “Las mil y una noches”, pero sintetiza su sentir sobre esta obra de modo impecable. En 1935 ya había escrito sobre sus traducciones y posibilidades, tema o temas que reitera 42 años después.

Señoras y señores:
Un acontecimiento capital de la historia de las naciones occidentales es el descubrimiento del Oriente. Sería más exacto hablar de una conciencia del Oriente, continua, comparable a la presencia de Persia en la historia griega. Además de esa conciencia del Oriente —algo vasto, inmóvil, magnifico, incomprensible— hay altos momentos y voy a enumerar algunos. Lo que me parece conveniente, si queremos entrar en este tema que yo quiero tanto, que he querido desde la infancia, el tema del Libro de Las mil y una noches, o, como se llamó en la versión inglesa —la primera que leí— The Arabian Nights: Noches árabes. No sin misterio también, aunque el título es menos bello que el de Libro de Las mil y una noches.
Voy a enumerar algunos hechos: los nueve libros de Herodoto y en ellos la revelación de Egipto, el lejano Egipto. Digo “el lejano” porque el espacio se mide por el tiempo y las navegaciones eran azarosas. Para los griegos, el mundo egipcio era mayor, y lo sentían misterioso.Examinaremos después las palabras Oriente y Occidente) que no podemos definir y que son verdaderas. Pasa con ellas lo que decía San Agustín que pasa con el tiempo: “¿Qué es el tiempo? Si no me lo preguntan, lo sé; si me lo preguntan, lo ignoro”. ¿Qué son el Oriente y el Occidente? Si me lo preguntan, lo ignoro. Busquemos una aproximación.
Veamos los encuentros, las guerras y las campañas de Alejandro. Alejandro, que conquista la Persia, que conquista la India y que muere finalmente en Babilonia, según se sabe. Fue éste el primer vasto encuentro con el Oriente, un encuentro que afectó tanto a Alejandro, que dejó de ser griego y se hizo parcialmente persa. Los persas, ahora lo han incorporado a su historia. A Alejandro, que dormía con la Ilíada y con la espada debajo de la almohada. Volveremos a él más adelante, pero ya que mencionamos el nombre de Alejandro, quiero referirles una leyenda que, bien lo sé, será de interés para ustedes.
Alejandro no muere en Babilonia a los treinta y tres años. Se aparta de un ejército y vaga por desiertos y selvas y luego ve una claridad. Esa claridad es la de una fogata.
La rodean guerreros de tez amarilla y ojos oblicuos. No lo conocen, lo acogen. Como esencialmente es un soldado, participa de batallas en una geografía del todo ignorada por él. Es un soldado: no le importan las causas y está listo a morir. Pasan los años, él se ha olvidado de tantas cosas y llega un día en que se paga a la tropa y entre las monedas hay una que lo inquieta. La tiene en la palma de la mano y dice: “Eres un hombre viejo; esta es la medalla que hice acuñar para la victoria de Arbela cuando yo era Alejandro de Macedonia.” Recobra en ese momento su pasado y vuelve a ser un mercenario tártaro o chino o lo que fuere.
Esta memorable invención pertenece al poeta inglés Robert Graves. A Alejandro le había sido predicho el dominio del Oriente y el Occidente. En los países del Islam se lo celebra aún bajo el nombre de Alejandro Bicorne, porque dispone de los dos cuernos del Oriente y del Occidente.
Veamos otro ejemplo de ese largo diálogo entre el Oriente y el Occidente, ese diálogo no pocas veces trágico. Pensamos en el joven Virgilio que está palpando una seda estampada, de un país remoto. El país de los chinos, del cual él sólo sabe que es lejano y pacífico, muy numeroso, que abarca los últimos confines del Oriente. Virgilio recordará esa seda en las Geórgicas, esa seda inconsútil, con imágenes de templos, emperadores, ríos, puentes, lagos distintos de los que conocía.
Otra revelación del Oriente es la de aquel libro admirable, la Historia natural de Plinio. Ahí se habla de los chinos y se menciona a Bactriana, Persia, se habla de la India, del rey Poro. Hay un verso de Juvenal, que yo habré leído hará más de cuarenta años y que, de pronto, me viene a la memoria. Para hablar de un lugar lejano, Juvenal dice: “Ultra Aurora et Ganges”, “más allá de la aurora y del Ganges”. En esas cuatro palabras está el Oriente para nosotros. Quién sabe si Juvenal lo sintió como lo sentimos nosotros. Creo que sí. Siempre el Oriente habrá ejercido fascinación sobre los hombres del Occidente.
Prosigamos con la historia y llegaremos a un curioso regalo. Posiblemente no ocurrió nunca. Se trata también de una leyenda. Harun al-Raschid, Aarón el Ortodoxo, envía a su colega Carlomagno un elefante. Acaso era imposible enviar un elefante desde Bagdad hasta Francia, pero eso no importa. Nada nos cuesta creer en ese elefante. Ese elefante es un monstruo.
Recordemos que la palabra monstruo no significa algo horrible. Lope de Vega fue llamado “Monstruo de la Naturaleza” por Cervantes. Ese elefante tiene que haber sido algo muy extraño para los francos y para el rey germánico Carlomagno. (Es triste pensar que Carlomagno no pudo haber leído la Chanson de Roland, ya que hablaría algún dialecto germánico.)
Le envían un elefante y esa palabra, “elefante”, nos recuerda que Roland hace sonar el “olifán”, la trompeta de marfil que se llamó así, precisamente, porque procede del colmillo del elefante. Y ya que estamos hablando de etimologías, recordemos que la palabra española “alfil” significa “el elefante” en árabe y tiene el mismo origen que “marfil”. En piezas de ajedrez orientales yo he visto un elefante con un castillo y un hombrecito. Esa pieza no era la torre, como podría pensarse por el castillo, sino el alfil, el elefante.
En las Cruzadas los guerreros vuelven y traen memorias: traen memorias de leones, por ejemplo. Tenemos el famoso cruzado Richard of the Lion-Heart, Ricardo Corazón de León. El león que ingresa en la heráldica es un animal del Oriente. Esta lista no puede ser infinita, pero recordemos a Marco Polo, cuyo libro es una revelación del Oriente (durante mucho tiempo fue la mayor revelación), aquel libro que dictó a un compañero de cárcel, después de una batalla en que los venecianos fueron vencidos por los genoveses. Ahí está la historia del Oriente y ahí precisamente se habla de Kublai Khan, que reaparecerá en cierto poema de Coleridge.
En el siglo quince se recogen en Alejandría, la ciudad de Alejandro Bicorne, una serie de fábulas. Esas fábulas tienen una historia extraña, según se supone. Fueron habladas al principio en la India, luego en Persia, luego en el Asia Menor y, finalmente, ya escritas en árabe, se compilan en El Cairo. Es el Libro de Las mil y una noches.
Quiero detenerme en el título. Es uno de los más hermosos del mundo, tan hermoso, creo, como aquel otro que cité la otra vez, y tan distinto: Un experimento con el tiempo.
En éste hay otra belleza. Creo que reside en el hecho de que para nosotros la palabra “mil” sea casi sinónima de “infinito”. Decir mil noches es decir infinitas noches, las muchas noches, las innumerables noches. Decir “mil y una noches” es agregar una al infinito. Recordemos una curiosa expresión inglesa. A veces, en vez de decir “para siempre”, for ever, se dice for ever and a day, “para siempre y un día”. Se agrega un día a la palabra “siempre”. Lo cual recuerda el epigrama de Heine a una mujer: “Te amaré eternamente y aún después”.
La idea de infinito es consustancial con Las mil y una noches.
En 1704 se publica la primera versión europea, el primero de los seis volúmenes del orientalista francés Antoine Galland. Con el movimiento romántico, el Oriente entra plenamente en la conciencia de Europa. Básteme mencionar dos nombres, dos altos nombres. El de Byron, más alto por su imagen que por su obra, y el de Hugo, alto de todos modos. Vienen otras versiones y ocurre luego otra revelación del Oriente: es la operada hacia mil ochocientos noventa y tantos por Kipling: “Si has oído el llamado del Oriente, ya no oirás otra cosa”.
Volvamos al momento en que se traducen por primera vez Las mil y una noches. Es un acontecimiento capital para todas las literaturas de Europa. Estamos en 1704, en Francia. Esa Francia es la del Gran Siglo, es la Francia en que la literatura está legislada por Boileau, quien muere en 1711 y no sospecha que toda su retórica ya está siendo amenazada por esa espléndida invasión oriental.
Pensemos en la retórica de Boileau, hecha de precauciones, de prohibiciones, pensemos en el culto de la razón, pensemos en aquella hermosa frase de Fenelon: “De las operaciones del espíritu, la menos frecuente es la razón.” Pues bien, Boileau quiere fundar la poesía en la razón.
Estamos conversando en un ilustre dialecto del latín que se llama lengua castellana y ello es también un episodio de esa nostalgia, de ese comercio amoroso y a veces belicoso del Oriente y del Occidente, ya que América fue descubierta por el deseo de llegar a las Indias. Llamamos indios a la gente de Moctezuma, de Atahualpa, de Catriel, precisamente por ese error, porque los españoles creyeron haber llegado a las Indias. Esta mínima conferencia mía también es parte de ese diálogo del Oriente y del Occidente.
En cuanto a la palabra Occidente, sabemos el origen que tiene, pero ello no importa. Cabría decir que la cultura occidental es impura en el sentido de que sólo es a medias occidental. Hay dos naciones esenciales para nuestra cultura. Esas dos naciones son Grecia (ya que Roma es una extensión helenística) e Israel, un país oriental. Ambas se juntan en la que llamamos cultura occidental. Al hablar de las revelaciones del Oriente, debía haber recordado esa revelación continua que es la Sagrada Escritura. El hecho es recíproco, ya que el Occidente influye en el Oriente. Hay un libro de un escritor francés que se titula El descubrimiento de Europa por los chinos y es un hecho real, que tiene que haber ocurrido también.
El Oriente es el lugar en que sale el sol. Hay una hermosa palabra alemana que quiero recordar: Morgenland —para el Oriente—, “tierra de la mañana”. Para el Occidente, Abenland, “tierra de la tarde”. Ustedes recordarán Der untergang des Abendlandes de Spengler, es decir, “la ida hacia abajo de la tierra de la tarde”, o, como se traduce de un modo más prosaico, La decadencia de Occidente. Creo que no debemos renunciar a la palabra Oriente, una palabra tan hermosa, ya que en ella está, por una feliz casualidad, el oro. En la palabra Oriente sentimos la palabra oro, ya que cuando amanece se ve el cielo de oro. Vuelvo a recordar el verso ilustre de Dante, “Dolce color d’oriental zaffiro”. Es que la palabra oriental tiene los dos sentidos: el zafiro oriental, el que procede del Oriente, y es también el oro de la mañana, el oro de aquella primera mañana en el Purgatorio.
¿Qué es el Oriente? Si lo definimos de un modo geográfico nos encontramos con algo bastante curioso, y es que parte del Oriente sería el Occidente o lo que para los griegos y romanos fue el Occidente, ya que se entiende que el Norte de África es el Oriente. Desde luego, Egipto es el Oriente también, y las tierras de Israel, el Asia Menor y Bactriana, Persia, la India, todos esos países que se extienden más allá y que tienen poco en común entre ellos. Así, por ejemplo, Tartaria, la China, el Japón, todo eso es el Oriente para nosotros. Al decir Oriente creo que todos pensamos, en principio, en el Oriente islámico, y por extensión en el Oriente del norte de la India.
Tal es el primer sentido que tiene para nosotros y ello es obra de Las mil y una noches. Hay algo que sentimos como el Oriente, que yo no he sentido en Israel y que he sentido en Granada y en Córdoba. He sentido la presencia del Oriente, y eso no sé si puede definirse; pero no sé si vale la pena definir algo que todos sentimos íntimamente. Las connotaciones de esa palabra se las debemos al Libro de Las mil y una noches. Es lo que primero pensamos; sólo después podemos pensar en Marco Polo o en las leyendas del Preste Juan, en aquellos ríos de arena con peces de oro. En primer término pensamos en el Islam.
Veamos la historia de ese libro; luego, las traducciones. El origen del libro está oculto. Podríamos pensar en las catedrales malamente llamadas góticas, que son obras de generaciones de hombres. Pero hay una diferencia esencial, y es que los artesanos, los artífices de las catedrales, sabían bien lo que hacían. En cambio, Las mil y una noches surgen de modo misterioso. Son obra de miles de autores y ninguno pensó que estaba edificando un libro ilustre, uno de los libros más ilustres de todas las literaturas, más apreciados en el Occidente que en el Oriente, según me dicen. Ahora, una noticia curiosa que transcribe el barón de Hammer Purgstall, un orientalista citado con admiración por Lañe y por Burton, los dos traductores ingleses más famosos de Las mil y una noches. Habla de ciertos hombres que él llama confabulatores nocturni: hombres de la noche que refieren cuentos, hombres cuya profesión es contar cuentos durante la noche. Cita un antiguo texto persa que informa que el primero que oyó recitar cuentos, que reunió hombres de la noche para contar cuentos que distrajeran su insomnio fue Alejandro de Macedonia. Esos cuentos tienen que haber sido fábulas. Sospecho que el encanto de las fábulas no está en la moraleja. Lo que encantó a Esopo o a los fabulistas hindúes fue imaginar animales que fueran como hombrecitos, con sus Comedias y sus tragedias. La idea del propósito moral fue agregada al fin: lo importante era el hecho de que el lobo hablara con el cordero y el buey con el asno o el león con un ruiseñor.
Tenemos a Alejandro de Macedonia oyendo cuentos contados por esos anónimos hombres de la noche cuya profesión es referir cuentos, y esto perduró durante mucho tiempo. Lañe, en su libro Account of the Manners and Costumes of the modern Egyptians, Modales y costumbres de los actuales egipcios, cuenta que hacia 1850 eran muy comunes los narradores de cuentos en El Cairo. Que había unos cincuenta y que con frecuencia narraban las historias de Las mil y una noches.
Tenemos una serie de cuentos; la serie de la India, donde se forma el núcleo central, según Burton y según Cansinos-Asséns, autor de una admirable versión española, pasa a Persia; en Persia los modifican, los enriquecen y los arabizan; llegan finalmente a Egipto. Esto ocurre a fines del siglo quince. A fines del siglo quince se hace la primera compilación y esa compilación procedía de otra, persa según parece: Hazar afsana, Los mil cuentos.
¿Por qué primero mil y después mil y una? Creo que hay dos razones. Una, supersticiosa (la superstición es importante en este caso), según la cual las cifras pares son de mal agüero. Entonces se buscó una cifra impar y felizmente se agregó “y una”. Si hubieran puesto novecientas noventa y nueve noches, sentiríamos que falta una noche; en cambio, así, sentimos que nos dan algo infinito y que nos agregan todavía una yapa, una noche. El texto es leído por el orientalista francés Galland, quien lo traduce. Veamos en qué consiste y de qué modo está el Oriente en ese texto. Está, ante todo, porque al leerlo nos sentimos en un país lejano.
Es sabido que la cronología, que la historia existen; pero son ante todo averiguaciones occidentales. No hay historias de la literatura persa o historias de la filosofía indos-tánica; tampoco hay historias chinas de la literatura china, porque a la gente no le interesa la sucesión de los hechos. Se piensa que la literatura y la poesía son procesos eternos. Creo que, en lo esencial, tienen razón. Creo, por ejemplo, que el título Libro de Las mil y una noches (o, como quiere Burton, Book of tke Thousand Nigths and a Night, Libro de las mil noches y una noche), seria un hermoso título si lo hubieran inventado esta mañana. Si lo hiciéramos ahora pensaríamos qué lindo título; y es lindo pues no sólo ts hermoso (como hermoso es Los crepúsculos del jardín, de Lugones) sino porque da ganas de leer el libro.
Uno tiene ganas de perderse en Las mil y una noches; uno sabe que entrando en ese libro puede olvidarse de su pobre destino humano; uno puede entrar en un mundo, y ese mundo está hecho de unas cuantas figuras arquetípicas y también de individuos.
En el título de Las mil y una noches hay algo muy importante: la sugestión de un libro infinito. Virtualmente, lo es. Los árabes dicen que nadie puede leer Las mil y una noches hasta el fin. No por razones de tedio: se siente que el libro es infinito.
Tengo en casa los diecisiete volúmenes de la versión de Burton. Sé que nunca los habré leído todos pero sé que ahí están las noches esperándome; que mi vida puede ser desdichada pero ahí estarán los diecisiete volúmenes; ahí estará esa especie de eternidad de Las mil y una noches del Oriente.
¿Y cómo definir al Oriente, no el Oriente real, que no existe? Yo diría que las nociones de Oriente y Occidente son generalizaciones pero que ningún individuo se siente oriental. Supongo que un hombre se siente persa, se siente hindú, se siente malayo, pero no oriental. Del mismo modo, nadie se siente latinoamericano: nos sentimos argentinos, chilenos, orientales (uruguayos). No importa, el concepto no existe. ¿Cuál es su base? Es ante todo la de un mundo de extremos en el cual las personas son o muy desdichadas o muy felices, muy ricas o muy pobres. Un mundo de reyes, de reyes que no tienen por qué explicar lo que hacen. De reyes que son, digamos, irresponsables como dioses.
Hay, además, la noción de tesoros escondidos. Cualquier hombre puede descubrirlos. Y la noción de la magia, muy importante. ¿Qué es la magia? La magia es una causalidad distinta. Es suponer que, además de las relaciones causales que conocemos, hay otra relación causal. Esa relación puede deberse a accidentes, a un anillo, a una lámpara. Frotamos un anillo, una lámpara, y aparece el genio. Ese genio es un esclavo que también es omnipotente, que juntará nuestra voluntad. Puede ocurrir en cualquier momento.
Recordemos la historia del pescador y del genio. El pescador tiene cuatro hijos, es pobre. Todas las mañanas echa su red al borde de un mar. Ya la expresión un mar es una expresión mágica, que nos sitúa en un mundo de geografía indefinida. El pescador no se acerca al mar, se acerca a un mar y arroja su red. Una mañana la arroja y la saca tres veces: saca un asno muerto, saca cacharros rotos, saca, en fin, cosas inútiles. La arroja por cuarta vez (cada vez recita un poema) y la red está muy pesada. Espera que esté llena de peces y lo que saca es una jarra de cobre amarillo, sellado con el sello de Solimán (Salomón). Abre la jarra y sale un humo espeso. Piensa que podrá vender la jarra a los quincalleros, pero el humo llega hasta el cielo, se condensa y toma la figura de un genio.
¿Qué son esos genios? Pertenecen a una creación pre-adamita, anterior a Adán, inferior a los hombres, pero pueden ser gigantescos. Según los musulmanes, habitan todo el espacio y son invisibles e impalpables.
El genio dice: “Alabado sea Dios y Salomón su Apóstol.” El pescador le pregunta por qué habla de Salomón, que murió hace tanto tiempo: ahora su apóstol es Mahoma. Le pregunta, también, por qué estaba encerrado en la jarra. El otro le dice que fue uno de los genios que se rebelaron contra Solimán y que Solimán lo encerró en la jarra, la selló y la tiró al fondo del mar. Pasaron cuatrocientos años y el genio juró que a quien lo liberase le daría todo el oro del mundo, pero nada ocurrió. Juró que a quien lo liberase le enseñaría el canto de los pájaros. Pasan los siglos y las promesas se multiplican. Al fin llega un momento en el que jura que dará muerte a quien lo libere. “Ahora tengo que cumplir mi juramento. Prepárate a morir, ¡ oh mi salvador!” Ese rasgo de ira hace extrañamente humano al genio y quizá querible.
El pescador está aterrado; finge descreer de la historia y dice: “Lo que me has contado no es cierto. ¿Cómo tú, cuya cabeza toca el cielo y cuyos pies tocan la tierra, puedes haber cabido en este pequeño recipiente?” El genio contesta: “Hombre de poca fe, vas a ver”. Se reduce, entra en la jarra y el pescador la cierra y lo amenaza.
La historia sigue y llega un momento en que el protagonista no es un pescador sino un rey, luego el rey de las Islas Negras y al fin todo se junta. El hecho es típico de Las mil y una noches. Podemos pensar en aquellas esferas chinas donde hay otras esferas o en las muñecas rusas. Algo parecido encontramos en el Quijote, pero no llevado al extremo de Las mil y una noches. Además todo esto está dentro de un vasto relato central que ustedes conocen: el del sultán que ha sido engañado por su mujer y que para evitar que el engaño se repita resuelve desposarse cada noche y hacer matar a la mujer a la mañana siguiente. Hasta que Shahrazada resuelve salvar a las otras y lo va reteniendo con cuentos que quedan inconclusos. Sobre los dos pasan mil y una noches y ella le muestra un hijo.
Con cuentos que están dentro de cuentos se produce un efecto curioso, casi infinito, con una suerte de vértigo. Esto ha sido imitado por escritores muy posteriores. Así, los libros de Alicia de Lewis Carroll, o la novela Sylvia and Bruno, donde hay sueños adentro de sueños que se ramifican y multiplican.
El tema de los sueños es uno de los preferidos de Las mil y una noches. Admirable es la historia de los dos que soñaron. Un habitante de El Cairo sueña que una voz le ordena en sueños que vaya a la ciudad de Isfaján, en Persia, donde lo aguarda un tesoro. Afronta el largo y peligroso viaje y en Isfaján, agotado, se tiende en el patio de una mezquita a descansar. Sin saberlo, está entre ladrones. Los arrestan a todos y el cadí le pregunta por qué ha llegado hasta la ciudad. El egipcio se lo cuenta. El cadí se ríe hasta mostrar las muelas y le dice: “Hombre desatinado y crédulo, tres veces he soñado con una casa en El Cairo en cuyo fondo hay un jardín y en el jardín un reloj de sol y luego una fuente y una higuera y bajo la fuente está un tesoro. Jamás he dado el menor crédito a esa mentira. Que no te vuelva a ver por Isfaján. Toma esta moneda y vete.” El otro se vuelve a El Cairo: ha reconocido en el sueño del cadí su propia casa. Cava bajo la fuente y encuentra el tesoro.
En Las mil y una noches hay ecos del Occidente. Nos encontramos con las aventuras de Ulises, salvo que Ulises se llama Simbad el Marino. Las aventuras son a veces las mismas (ahí está Polifemo). Para erigir el palacio de Las mil y una noches se han necesitado generaciones de hombres y esos hombres son nuestros bienhechores, ya que nos han legado ese libro inagotable, ese libro capaz de tantas metamorfosis. Digo tantas metamorfosis porque el primer texto, el de Galland, es bastante sencillo y es quizá el de mayor encanto de todos, el que no exige ningún esfuerzo del lector; sin ese primer texto, como muy bien dice el capitán Burton, no se hubieran cumplido las versiones ulteriores.
Galland, pues, publica el primer volumen en 1704. Se produce una suerte de escándalo, pero al mismo tiempo de encanto para la razonable Francia de Luis XIV. Cuando se habla del movimiento romántico se piensa en fechas muy posteriores. Podríamos decir que el movimiento romántico empieza en aquel instante en que alguien, en Normandía o en París, lee Las mil y una noches. Está saliendo del mundo legislado por Boileau, está entrando en el mundo de la libertad romántica.
Vendrán luego otros hechos. El descubrimiento francés de la novela picaresca por Lessage; las baladas escocesas e inglesas publicadas por Percy hacia 1750. Y, hacia 1798, el movimiento romántico empieza en Inglaterra con Coleridge, que sueña con Kublai Khan, el protector de Marco Polo. Vemos así lo admirable que es el mundo y lo entreveradas que están las cosas.
Vienen las otras traducciones. La de Lañe está acompañada por una enciclopedia de las costumbres de los musulmanes. La traducción antropológica y obscena de Burton está redactada en un curioso inglés parcialmente del siglo catorce, un inglés lleno de arcaísmos y neologismos, un inglés no desposeído de belleza pero que a veces es de difícil lectura. Luego la versión licenciosa, en ambos sentidos de la palabra, del doctor Mardrus, y una versión alemana literal pero sin ningún encanto literario, de Littmann. Ahora, felizmente, tenemos la versión castellana de quien fue mi maestro Rafael Cansinos-Asséns. El libro ha sido publicado en México; es, quizá, la mejor de todas las versiones; también está acompañada de notas.Hay un cuento que es el más famoso de Las mil y una noches y que no se lo halla en las versiones originales. Es la historia de Aladino y la lámpara maravillosa.
Aparece en la versión de Galland y Burton buscó en vano el texto árabe o persa. Hubo quien sospechó que Galland había falsificado la narración. Creo que la palabra “falsificar” es injusta y maligna. Galland tenía tanto derecho a inventar un cuento como lo tenían aquellos confabulatores nocturni. ¿ Por qué no suponer que después de haber traducido tantos cuentos, quiso inventar uno y lo hizo?La historia no queda detenida en el cuento de Galland. En su autobiografía De Quincey dice que para él había en Las mil y una noches un cuento superior a los demás y que ese cuento, incomparablemente superior, era la historia de Aladino. Habla del mago del Magreb que llega a la China porque sabe que ahí está la única persona capaz de exhumar la lámpara maravillosa.Galland nos dice que el mago era un astrólogo y que los astros le revelaron que tenía que ir a China en busca del muchacho. De Quincey, que tiene una admirable memoria inventiva, recordaba un hecho del todo distinto. Según él, el mago había aplicado el oído a la tierra y había oído las innumerables pisadas de los hombres. Y había distinguido, entre esas pisadas, las del chico predestinado a exhumar la lámpara. Esto, dice De Quincey que lo llevó a la idea de que el mundo está hecho de correspondencias, está lleno de espejos mágicos y que en las cosas pequeñas está la cifra de las mayores. El hecho de que el mago mogrebí aplicara el oído a la tierra y descifrara los pasos de Aladino no se halla en ninguno de los textos. Es una invención que los sueños o la memoria dieron a De Quincey. Las mil y una noches no han muerto. El infinito tiempo de Las mil y una noches prosigue su camino. A principios del siglo dieciocho se traduce el libro; a principios del diecinueve o fines del dieciocho De Quincey lo recuerda de otro modo. Las noches tendrán otros traductores y cada traductor dará una versión distinta del libro. Casi podríamos hablar de muchos libros titulados Las mil y una noches. Dos en francés, redactados por Galland y Mardrus; tres en inglés, redactados por Burton, Lañe y Paine; tres en alemán, redactados por Henning, Littmann y Weil; uno en castellano, de Cansinos-Asséns. Cada uno de esos libros es distinto, porque Las mil y una noches siguen creciendo, o recreándose. En el admirable Stevenson y en sus admirables Nuevas mil y una noches (New Arabian Nights) se retoma el tema del príncipe disfrazado que recorre la ciudad, acompañado de su visir, y a quien le ocurren curiosas aventuras. Pero Stevenson inventó un príncipe, Floricel de Bohemia, su edecán, el coronel Geraldine, y los hizo recorrer Londres. Pero no el Londres real sino un Londres parecido a Bagdad; no al Bagdad de la realidad, sino al Bagdad de Las mil y una noches.
Hay otro autor cuya obra debemos agradecer todos: Chesterton, heredero de Stevenson. El Londres fantástico en el que ocurren las aventuras del padre Brown y del Hombre que fue Jueves no existiría si él no hubiese leído a Stevenson. Y Stevenson no hubiera escrito sus Nuevas mil y una noches si no hubiese leído Las mil y una noches. Las mil y una noches no son algo que ha muerto. Es un libro tan vasto que no es necesario haberlo leído, ya que es parte previa de nuestra memoria y es parte de esta noche también.
Siete Noches (1980), en Obras completas, tomo III, Buenos Aires, Emece, 2000



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