332 a.C.. A orillas del Nilo, Alejandro Magno sueña con una ciudad que llevará su nombre. El sueño es confirmado por su terapeuta personal Aristrando y más tarde Ptolomeo I la puebla de sus propios sueños: un paraíso para el conocimiento, un templo de las musas. Contemporáneo de una generación brillante en la que destaca Euclides, Arquímedes e Hiparco de Nicea, Timón de Flionte indica que Alejandría “alimenta gente que rasca papiros y que compite todo el tiempo por estar en la casa de las Musas”. ¿Qué hay allí que seguirá extendiéndose hasta no dejar huella? Gramáticos, filósofos, geógrafos, médicos, poetas, un jardín botánico profuso, cientos de maestros, miles de estudiantes, un puerto, un deambulatorio, un ábside, un faro, griegos, cristianos, judíos, islámicos y la biblioteca más grande y famosa donde las haya.
Las circunstancias –una guerra de navíos iniciada por el César, entre otras- hacen mengua en sus archivos. Se incendian, se llevan, se rescatan. Finalmente, en el s. V d.C. un grupo de fanáticos cristianos, comandados por un tal Teófilo, la pulverizan. El número de los libros que albergó y no volveremos a ver jamás se deja a discreción. Unos dicen cuarenta mil; otros, medio millón. Entre todo: una biblioteca personal de Aristóteles, textos budistas, de zoroastrismo, paganos (dioses y lenguaje incluidos), la historia de Babilonia de un sacerdote caldeo, la traducción de la Biblia de los setenta y dos helenizantes, versiones de Zenódoto a los textos de Homero, el corpus de Hipócrates estudiado por Galeno, el original de la Torá traído de Jerusalén.
Para que no queden dudas sobre su consigna, el sobrino de Teófilo,
Cirilio (San Cirilio para la Iglesia Católica) tortura, descuartiza y
asesina a Hipatia, filósofa, astrónoma y algebrista. El 28 de febrero
del 380 se había emitido el Edicto de Tesalónica a todas las extensiones
del Imperio Romano y era muy puntual: “Ordenamos que tengan el nombre
de cristianos católicos quienes sigan esta norma, mientras que los demás
los juzgamos dementes y enfermos sobre los cuales pesará la infamia de
la herejía”. Nunca se sabe hasta qué punto se puede interpretar la piedad, la santidad apostólica y otras palabras mencionadas en ese mismo Edicto.
En 2009, otro Alejandro, Amenábar, realiza el sueño de construir
Alejandría. Del emperador al cineasta, la misma aspiración: construir
una ciudad, ¿no es el juego de un niño? Con el auxilio de ochenta
millones de dólares y un equipo de quinientos profesionales tan sólo en
el departamento de arte, es levantada en Malta una reconstrucción
bastante fiel a Alejandría; fiel hasta donde llegan las investigaciones
de una ciudad sepultada en algún lugar bajo las aguas, la película Agora (2009) retrata
la esperanza de una mujer por comprender el universo a través de la
ciencia -entonces los planetas y el Sol giraban alrededor de la Tierra-,
en un tiempo de discordia, barbarie y machismo, ¿y cuál era ese? Para
evidenciarlo, Amenábar se sirve de primeros planos y close-ups que, por
ejemplo, pasan de los pies de Hipatia acariciados por su esclavo a
panorámicas que, en momentos de algidez social, figuran los hombres
hormigas, dementes hormigas que en vez de reconocerse con sus antenas y
continuar su camino se eliminan unas a otras. En suma, nuestra barbarie,
que de cerca dan ganas de llorar y de lejos, es ridículo. Las hordas
salvajes ingresan a la monumental biblioteca para prenderla en fuego,
alguien grita “Dios es uno”, todos se sienten eufóricos, enardecidos,
pero la panorámica se eleva hasta que la ciudad se pierde entre la
tierra, hasta que la tierra, y todo su planeta, se pierde en el espacio,
el espacio ilimitado y silencioso -en la película, con música de
Marianelli- que exploraba Hipatia, ahí donde ya no nos vemos.
Redacción Párpado
Redacción Párpado