(Redacción Párpado) El 22 de junio de 1977, en el Teatro Coliseo de Buenos Aires,
Jorge Luis Borges habló sobre “Las mil y una noches”, como parte de un
ciclo de conferencias que también incluyó “La Divina Comedia”, “La
pesadilla”, “El budismo”, “La poesía”, “La cábala” y “La ceguera”.
A continuación se reproducen las palabras de Borges, que fueron
corregidas por él mismo para su publicación en 1980. No es ni la primera
ni la última vez que va a hablar de “Las mil y una noches”, pero
sintetiza su sentir sobre esta obra de modo impecable. En 1935 ya había
escrito sobre sus traducciones y posibilidades, tema o temas que reitera
42 años después.
Señoras y señores:
Un acontecimiento capital de la historia de las naciones occidentales
es el descubrimiento del Oriente. Sería más exacto hablar de una
conciencia del Oriente, continua, comparable a la presencia de Persia en
la historia griega. Además de esa conciencia del Oriente —algo vasto,
inmóvil, magnifico, incomprensible— hay altos momentos y voy a enumerar
algunos. Lo que me parece conveniente, si queremos entrar en este tema
que yo quiero tanto, que he querido desde la infancia, el tema del Libro
de Las mil y una noches, o, como se llamó en la versión inglesa —la
primera que leí— The Arabian Nights: Noches árabes. No sin misterio
también, aunque el título es menos bello que el de Libro de Las mil y
una noches.
Voy a enumerar algunos hechos: los nueve libros de Herodoto y en
ellos la revelación de Egipto, el lejano Egipto. Digo “el lejano” porque
el espacio se mide por el tiempo y las navegaciones eran azarosas. Para
los griegos, el mundo egipcio era mayor, y lo sentían
misterioso.Examinaremos después las palabras Oriente y Occidente) que no
podemos definir y que son verdaderas. Pasa con ellas lo que decía San
Agustín que pasa con el tiempo: “¿Qué es el tiempo? Si no me lo
preguntan, lo sé; si me lo preguntan, lo ignoro”. ¿Qué son el Oriente y
el Occidente? Si me lo preguntan, lo ignoro. Busquemos una aproximación.
Veamos los encuentros, las guerras y las campañas de Alejandro.
Alejandro, que conquista la Persia, que conquista la India y que muere
finalmente en Babilonia, según se sabe. Fue éste el primer vasto
encuentro con el Oriente, un encuentro que afectó tanto a Alejandro, que
dejó de ser griego y se hizo parcialmente persa. Los persas, ahora lo
han incorporado a su historia. A Alejandro, que dormía con la Ilíada y
con la espada debajo de la almohada. Volveremos a él más adelante, pero
ya que mencionamos el nombre de Alejandro, quiero referirles una leyenda
que, bien lo sé, será de interés para ustedes.
Alejandro no muere en Babilonia a los treinta y tres años. Se aparta
de un ejército y vaga por desiertos y selvas y luego ve una claridad.
Esa claridad es la de una fogata.
La rodean guerreros de tez amarilla y ojos oblicuos. No lo conocen,
lo acogen. Como esencialmente es un soldado, participa de batallas en
una geografía del todo ignorada por él. Es un soldado: no le importan
las causas y está listo a morir. Pasan los años, él se ha olvidado de
tantas cosas y llega un día en que se paga a la tropa y entre las
monedas hay una que lo inquieta. La tiene en la palma de la mano y dice:
“Eres un hombre viejo; esta es la medalla que hice acuñar para la
victoria de Arbela cuando yo era Alejandro de Macedonia.” Recobra en ese
momento su pasado y vuelve a ser un mercenario tártaro o chino o lo que
fuere.
Esta memorable invención pertenece al poeta inglés Robert Graves. A
Alejandro le había sido predicho el dominio del Oriente y el Occidente.
En los países del Islam se lo celebra aún bajo el nombre de Alejandro
Bicorne, porque dispone de los dos cuernos del Oriente y del Occidente.
Veamos otro ejemplo de ese largo diálogo entre el Oriente y el
Occidente, ese diálogo no pocas veces trágico. Pensamos en el joven
Virgilio que está palpando una seda estampada, de un país remoto. El
país de los chinos, del cual él sólo sabe que es lejano y pacífico, muy
numeroso, que abarca los últimos confines del Oriente. Virgilio
recordará esa seda en las Geórgicas, esa seda inconsútil, con imágenes
de templos, emperadores, ríos, puentes, lagos distintos de los que
conocía.
Otra revelación del Oriente es la de aquel libro admirable,
la Historia natural de Plinio. Ahí se habla de los chinos y se menciona a
Bactriana, Persia, se habla de la India, del rey Poro. Hay un verso de
Juvenal, que yo habré leído hará más de cuarenta años y que, de pronto,
me viene a la memoria. Para hablar de un lugar lejano, Juvenal dice:
“Ultra Aurora et Ganges”, “más allá de la aurora y del Ganges”. En esas
cuatro palabras está el Oriente para nosotros. Quién sabe si Juvenal lo
sintió como lo sentimos nosotros. Creo que sí. Siempre el Oriente habrá
ejercido fascinación sobre los hombres del Occidente.
Prosigamos con la historia y llegaremos a un curioso regalo.
Posiblemente no ocurrió nunca. Se trata también de una leyenda. Harun
al-Raschid, Aarón el Ortodoxo, envía a su colega Carlomagno un elefante.
Acaso era imposible enviar un elefante desde Bagdad hasta Francia, pero
eso no importa. Nada nos cuesta creer en ese elefante. Ese elefante es
un monstruo.
Recordemos que la palabra monstruo no significa algo horrible. Lope
de Vega fue llamado “Monstruo de la Naturaleza” por Cervantes. Ese
elefante tiene que haber sido algo muy extraño para los francos y para
el rey germánico Carlomagno. (Es triste pensar que Carlomagno no pudo
haber leído la Chanson de Roland, ya que hablaría algún dialecto
germánico.)
Le envían un elefante y esa palabra, “elefante”, nos recuerda que
Roland hace sonar el “olifán”, la trompeta de marfil que se llamó así,
precisamente, porque procede del colmillo del elefante. Y ya que estamos
hablando de etimologías, recordemos que la palabra española “alfil”
significa “el elefante” en árabe y tiene el mismo origen que “marfil”.
En piezas de ajedrez orientales yo he visto un elefante con un castillo y
un hombrecito. Esa pieza no era la torre, como podría pensarse por el
castillo, sino el alfil, el elefante.
En las Cruzadas los guerreros vuelven y traen memorias: traen
memorias de leones, por ejemplo. Tenemos el famoso cruzado Richard of
the Lion-Heart, Ricardo Corazón de León. El león que ingresa en la
heráldica es un animal del Oriente. Esta lista no puede ser infinita,
pero recordemos a Marco Polo, cuyo libro es una revelación del Oriente
(durante mucho tiempo fue la mayor revelación), aquel libro que dictó a
un compañero de cárcel, después de una batalla en que los venecianos
fueron vencidos por los genoveses. Ahí está la historia del Oriente y
ahí precisamente se habla de Kublai Khan, que reaparecerá en cierto
poema de Coleridge.
En el siglo quince se recogen en Alejandría, la ciudad de Alejandro
Bicorne, una serie de fábulas. Esas fábulas tienen una historia extraña,
según se supone. Fueron habladas al principio en la India, luego en
Persia, luego en el Asia Menor y, finalmente, ya escritas en árabe, se
compilan en El Cairo. Es el Libro de Las mil y una noches.
Quiero detenerme en el título. Es uno de los más hermosos del mundo,
tan hermoso, creo, como aquel otro que cité la otra vez, y tan distinto:
Un experimento con el tiempo.
En éste hay otra belleza. Creo que reside en el hecho de que para
nosotros la palabra “mil” sea casi sinónima de “infinito”. Decir mil
noches es decir infinitas noches, las muchas noches, las innumerables
noches. Decir “mil y una noches” es agregar una al infinito. Recordemos
una curiosa expresión inglesa. A veces, en vez de decir “para siempre”,
for ever, se dice for ever and a day, “para siempre y un día”. Se agrega
un día a la palabra “siempre”. Lo cual recuerda el epigrama de Heine a
una mujer: “Te amaré eternamente y aún después”.
La idea de infinito es consustancial con Las mil y una noches.
En 1704 se publica la primera versión europea, el primero de los seis
volúmenes del orientalista francés Antoine Galland. Con el movimiento
romántico, el Oriente entra plenamente en la conciencia de Europa.
Básteme mencionar dos nombres, dos altos nombres. El de Byron, más alto
por su imagen que por su obra, y el de Hugo, alto de todos modos. Vienen
otras versiones y ocurre luego otra revelación del Oriente: es la
operada hacia mil ochocientos noventa y tantos por Kipling: “Si has oído
el llamado del Oriente, ya no oirás otra cosa”.
Volvamos al momento en que se traducen por primera vez Las mil y una
noches. Es un acontecimiento capital para todas las literaturas de
Europa. Estamos en 1704, en Francia. Esa Francia es la del Gran Siglo,
es la Francia en que la literatura está legislada por Boileau, quien
muere en 1711 y no sospecha que toda su retórica ya está siendo
amenazada por esa espléndida invasión oriental.
Pensemos en la retórica de Boileau, hecha de precauciones, de
prohibiciones, pensemos en el culto de la razón, pensemos en aquella
hermosa frase de Fenelon: “De las operaciones del espíritu, la menos
frecuente es la razón.” Pues bien, Boileau quiere fundar la poesía en la
razón.
Estamos conversando en un ilustre dialecto del latín que se llama
lengua castellana y ello es también un episodio de esa nostalgia, de ese
comercio amoroso y a veces belicoso del Oriente y del Occidente, ya que
América fue descubierta por el deseo de llegar a las Indias. Llamamos
indios a la gente de Moctezuma, de Atahualpa, de Catriel, precisamente
por ese error, porque los españoles creyeron haber llegado a las Indias.
Esta mínima conferencia mía también es parte de ese diálogo del Oriente
y del Occidente.
En cuanto a la palabra Occidente, sabemos el origen que tiene, pero
ello no importa. Cabría decir que la cultura occidental es impura en el
sentido de que sólo es a medias occidental. Hay dos naciones esenciales
para nuestra cultura. Esas dos naciones son Grecia (ya que Roma es una
extensión helenística) e Israel, un país oriental. Ambas se juntan en la
que llamamos cultura occidental. Al hablar de las revelaciones del
Oriente, debía haber recordado esa revelación continua que es la Sagrada
Escritura. El hecho es recíproco, ya que el Occidente influye en el
Oriente. Hay un libro de un escritor francés que se titula El
descubrimiento de Europa por los chinos y es un hecho real, que tiene
que haber ocurrido también.
El Oriente es el lugar en que sale el sol. Hay una hermosa palabra
alemana que quiero recordar: Morgenland —para el Oriente—, “tierra de la
mañana”. Para el Occidente, Abenland, “tierra de la tarde”. Ustedes
recordarán Der untergang des Abendlandes de Spengler, es decir, “la ida
hacia abajo de la tierra de la tarde”, o, como se traduce de un modo más
prosaico, La decadencia de Occidente. Creo que no debemos renunciar a
la palabra Oriente, una palabra tan hermosa, ya que en ella está, por
una feliz casualidad, el oro. En la palabra Oriente sentimos la palabra
oro, ya que cuando amanece se ve el cielo de oro. Vuelvo a recordar el
verso ilustre de Dante, “Dolce color d’oriental zaffiro”. Es que la
palabra oriental tiene los dos sentidos: el zafiro oriental, el que
procede del Oriente, y es también el oro de la mañana, el oro de aquella
primera mañana en el Purgatorio.
¿Qué es el Oriente? Si lo definimos de un modo geográfico nos
encontramos con algo bastante curioso, y es que parte del Oriente sería
el Occidente o lo que para los griegos y romanos fue el Occidente, ya
que se entiende que el Norte de África es el Oriente. Desde luego,
Egipto es el Oriente también, y las tierras de Israel, el Asia Menor y
Bactriana, Persia, la India, todos esos países que se extienden más allá
y que tienen poco en común entre ellos. Así, por ejemplo, Tartaria, la
China, el Japón, todo eso es el Oriente para nosotros. Al decir Oriente
creo que todos pensamos, en principio, en el Oriente islámico, y por
extensión en el Oriente del norte de la India.
Tal es el primer sentido que tiene para nosotros y ello es obra
de Las mil y una noches. Hay algo que sentimos como el Oriente, que yo
no he sentido en Israel y que he sentido en Granada y en Córdoba. He
sentido la presencia del Oriente, y eso no sé si puede definirse; pero
no sé si vale la pena definir algo que todos sentimos íntimamente. Las
connotaciones de esa palabra se las debemos al Libro de Las mil y una
noches. Es lo que primero pensamos; sólo después podemos pensar en Marco
Polo o en las leyendas del Preste Juan, en aquellos ríos de arena con
peces de oro. En primer término pensamos en el Islam.
Veamos la historia de ese libro; luego, las traducciones. El origen
del libro está oculto. Podríamos pensar en las catedrales malamente
llamadas góticas, que son obras de generaciones de hombres. Pero hay una
diferencia esencial, y es que los artesanos, los artífices de las
catedrales, sabían bien lo que hacían. En cambio, Las mil y una
noches surgen de modo misterioso. Son obra de miles de autores y ninguno
pensó que estaba edificando un libro ilustre, uno de los libros más
ilustres de todas las literaturas, más apreciados en el Occidente que en
el Oriente, según me dicen. Ahora, una noticia curiosa que transcribe
el barón de Hammer Purgstall, un orientalista citado con admiración por
Lañe y por Burton, los dos traductores ingleses más famosos de Las mil y
una noches. Habla de ciertos hombres que él llama confabulatores
nocturni: hombres de la noche que refieren cuentos, hombres cuya
profesión es contar cuentos durante la noche. Cita un antiguo texto
persa que informa que el primero que oyó recitar cuentos, que reunió
hombres de la noche para contar cuentos que distrajeran su insomnio fue
Alejandro de Macedonia. Esos cuentos tienen que haber sido fábulas.
Sospecho que el encanto de las fábulas no está en la moraleja. Lo que
encantó a Esopo o a los fabulistas hindúes fue imaginar animales que
fueran como hombrecitos, con sus Comedias y sus tragedias. La idea del
propósito moral fue agregada al fin: lo importante era el hecho de que
el lobo hablara con el cordero y el buey con el asno o el león con un
ruiseñor.
Tenemos a Alejandro de Macedonia oyendo cuentos contados por esos
anónimos hombres de la noche cuya profesión es referir cuentos, y esto
perduró durante mucho tiempo. Lañe, en su libro Account of the Manners
and Costumes of the modern Egyptians, Modales y costumbres de los
actuales egipcios, cuenta que hacia 1850 eran muy comunes los narradores
de cuentos en El Cairo. Que había unos cincuenta y que con frecuencia
narraban las historias de Las mil y una noches.
Tenemos una serie de cuentos; la serie de la India, donde se forma el
núcleo central, según Burton y según Cansinos-Asséns, autor de una
admirable versión española, pasa a Persia; en Persia los modifican, los
enriquecen y los arabizan; llegan finalmente a Egipto. Esto ocurre a
fines del siglo quince. A fines del siglo quince se hace la primera
compilación y esa compilación procedía de otra, persa según parece:
Hazar afsana, Los mil cuentos.
¿Por qué primero mil y después mil y una? Creo que hay dos razones.
Una, supersticiosa (la superstición es importante en este caso), según
la cual las cifras pares son de mal agüero. Entonces se buscó una cifra
impar y felizmente se agregó “y una”. Si hubieran puesto novecientas
noventa y nueve noches, sentiríamos que falta una noche; en cambio, así,
sentimos que nos dan algo infinito y que nos agregan todavía una yapa,
una noche. El texto es leído por el orientalista francés Galland, quien
lo traduce. Veamos en qué consiste y de qué modo está el Oriente en ese
texto. Está, ante todo, porque al leerlo nos sentimos en un país lejano.
Es sabido que la cronología, que la historia existen; pero son ante
todo averiguaciones occidentales. No hay historias de la literatura
persa o historias de la filosofía indos-tánica; tampoco hay historias
chinas de la literatura china, porque a la gente no le interesa la
sucesión de los hechos. Se piensa que la literatura y la poesía son
procesos eternos. Creo que, en lo esencial, tienen razón. Creo, por
ejemplo, que el título Libro de Las mil y una noches (o, como quiere
Burton, Book of tke Thousand Nigths and a Night, Libro de las mil noches
y una noche), seria un hermoso título si lo hubieran inventado esta
mañana. Si lo hiciéramos ahora pensaríamos qué lindo título; y es lindo
pues no sólo ts hermoso (como hermoso es Los crepúsculos del jardín, de
Lugones) sino porque da ganas de leer el libro.
Uno tiene ganas de perderse en Las mil y una noches; uno sabe que
entrando en ese libro puede olvidarse de su pobre destino humano; uno
puede entrar en un mundo, y ese mundo está hecho de unas cuantas figuras
arquetípicas y también de individuos.
En el título de Las mil y una noches hay algo muy importante: la
sugestión de un libro infinito. Virtualmente, lo es. Los árabes dicen
que nadie puede leer Las mil y una noches hasta el fin. No por razones
de tedio: se siente que el libro es infinito.
Tengo en casa los diecisiete volúmenes de la versión de Burton. Sé
que nunca los habré leído todos pero sé que ahí están las noches
esperándome; que mi vida puede ser desdichada pero ahí estarán los
diecisiete volúmenes; ahí estará esa especie de eternidad de Las mil y
una noches del Oriente.
¿Y cómo definir al Oriente, no el Oriente real, que no existe? Yo
diría que las nociones de Oriente y Occidente son generalizaciones pero
que ningún individuo se siente oriental. Supongo que un hombre se siente
persa, se siente hindú, se siente malayo, pero no oriental. Del mismo
modo, nadie se siente latinoamericano: nos sentimos argentinos,
chilenos, orientales (uruguayos). No importa, el concepto no existe.
¿Cuál es su base? Es ante todo la de un mundo de extremos en el cual las
personas son o muy desdichadas o muy felices, muy ricas o muy pobres.
Un mundo de reyes, de reyes que no tienen por qué explicar lo que hacen.
De reyes que son, digamos, irresponsables como dioses.
Hay, además, la noción de tesoros escondidos. Cualquier hombre puede
descubrirlos. Y la noción de la magia, muy importante. ¿Qué es la magia?
La magia es una causalidad distinta. Es suponer que, además de las
relaciones causales que conocemos, hay otra relación causal. Esa
relación puede deberse a accidentes, a un anillo, a una lámpara.
Frotamos un anillo, una lámpara, y aparece el genio. Ese genio es un
esclavo que también es omnipotente, que juntará nuestra voluntad. Puede
ocurrir en cualquier momento.
Recordemos la historia del pescador y del genio. El pescador tiene
cuatro hijos, es pobre. Todas las mañanas echa su red al borde de un
mar. Ya la expresión un mar es una expresión mágica, que nos sitúa en un
mundo de geografía indefinida. El pescador no se acerca al mar, se
acerca a un mar y arroja su red. Una mañana la arroja y la saca tres
veces: saca un asno muerto, saca cacharros rotos, saca, en fin, cosas
inútiles. La arroja por cuarta vez (cada vez recita un poema) y la red
está muy pesada. Espera que esté llena de peces y lo que saca es una
jarra de cobre amarillo, sellado con el sello de Solimán (Salomón). Abre
la jarra y sale un humo espeso. Piensa que podrá vender la jarra a los
quincalleros, pero el humo llega hasta el cielo, se condensa y toma la
figura de un genio.
¿Qué son esos genios? Pertenecen a una creación pre-adamita, anterior
a Adán, inferior a los hombres, pero pueden ser gigantescos. Según los
musulmanes, habitan todo el espacio y son invisibles e impalpables.
El genio dice: “Alabado sea Dios y Salomón su Apóstol.” El pescador
le pregunta por qué habla de Salomón, que murió hace tanto tiempo: ahora
su apóstol es Mahoma. Le pregunta, también, por qué estaba encerrado en
la jarra. El otro le dice que fue uno de los genios que se rebelaron
contra Solimán y que Solimán lo encerró en la jarra, la selló y la tiró
al fondo del mar. Pasaron cuatrocientos años y el genio juró que a quien
lo liberase le daría todo el oro del mundo, pero nada ocurrió. Juró que
a quien lo liberase le enseñaría el canto de los pájaros. Pasan los
siglos y las promesas se multiplican. Al fin llega un momento en el que
jura que dará muerte a quien lo libere. “Ahora tengo que cumplir mi
juramento. Prepárate a morir, ¡ oh mi salvador!” Ese rasgo de ira hace
extrañamente humano al genio y quizá querible.
El pescador está aterrado; finge descreer de la historia y dice: “Lo
que me has contado no es cierto. ¿Cómo tú, cuya cabeza toca el cielo y
cuyos pies tocan la tierra, puedes haber cabido en este pequeño
recipiente?” El genio contesta: “Hombre de poca fe, vas a ver”. Se
reduce, entra en la jarra y el pescador la cierra y lo amenaza.

La historia sigue y llega un momento en que el protagonista no es un
pescador sino un rey, luego el rey de las Islas Negras y al fin todo se
junta. El hecho es típico de Las mil y una noches. Podemos pensar en
aquellas esferas chinas donde hay otras esferas o en las muñecas rusas.
Algo parecido encontramos en el Quijote, pero no llevado al extremo
de Las mil y una noches. Además todo esto está dentro de un vasto relato
central que ustedes conocen: el del sultán que ha sido engañado por su
mujer y que para evitar que el engaño se repita resuelve desposarse cada
noche y hacer matar a la mujer a la mañana siguiente. Hasta que
Shahrazada resuelve salvar a las otras y lo va reteniendo con cuentos
que quedan inconclusos. Sobre los dos pasan mil y una noches y ella le
muestra un hijo.
Con cuentos que están dentro de cuentos se produce un efecto curioso,
casi infinito, con una suerte de vértigo. Esto ha sido imitado por
escritores muy posteriores. Así, los libros de Alicia de Lewis Carroll, o
la novela Sylvia and Bruno, donde hay sueños adentro de sueños que se
ramifican y multiplican.
El tema de los sueños es uno de los preferidos de Las mil y una
noches. Admirable es la historia de los dos que soñaron. Un habitante de
El Cairo sueña que una voz le ordena en sueños que vaya a la ciudad de
Isfaján, en Persia, donde lo aguarda un tesoro. Afronta el largo y
peligroso viaje y en Isfaján, agotado, se tiende en el patio de una
mezquita a descansar. Sin saberlo, está entre ladrones. Los arrestan a
todos y el cadí le pregunta por qué ha llegado hasta la ciudad. El
egipcio se lo cuenta. El cadí se ríe hasta mostrar las muelas y le dice:
“Hombre desatinado y crédulo, tres veces he soñado con una casa en El
Cairo en cuyo fondo hay un jardín y en el jardín un reloj de sol y luego
una fuente y una higuera y bajo la fuente está un tesoro. Jamás he dado
el menor crédito a esa mentira. Que no te vuelva a ver por Isfaján.
Toma esta moneda y vete.” El otro se vuelve a El Cairo: ha reconocido en
el sueño del cadí su propia casa. Cava bajo la fuente y encuentra el
tesoro.
En Las mil y una noches hay ecos del Occidente. Nos encontramos con
las aventuras de Ulises, salvo que Ulises se llama Simbad el Marino. Las
aventuras son a veces las mismas (ahí está Polifemo). Para erigir el
palacio de Las mil y una noches se han necesitado generaciones de
hombres y esos hombres son nuestros bienhechores, ya que nos han legado
ese libro inagotable, ese libro capaz de tantas metamorfosis. Digo
tantas metamorfosis porque el primer texto, el de Galland, es bastante
sencillo y es quizá el de mayor encanto de todos, el que no exige ningún
esfuerzo del lector; sin ese primer texto, como muy bien dice el
capitán Burton, no se hubieran cumplido las versiones ulteriores.
Galland, pues, publica el primer volumen en 1704. Se produce una
suerte de escándalo, pero al mismo tiempo de encanto para la razonable
Francia de Luis XIV. Cuando se habla del movimiento romántico se piensa
en fechas muy posteriores. Podríamos decir que el movimiento romántico
empieza en aquel instante en que alguien, en Normandía o en París,
lee Las mil y una noches. Está saliendo del mundo legislado por Boileau,
está entrando en el mundo de la libertad romántica.
Vendrán luego otros hechos. El descubrimiento francés de la novela
picaresca por Lessage; las baladas escocesas e inglesas publicadas por
Percy hacia 1750. Y, hacia 1798, el movimiento romántico empieza en
Inglaterra con Coleridge, que sueña con Kublai Khan, el protector de
Marco Polo. Vemos así lo admirable que es el mundo y lo entreveradas que
están las cosas.
Vienen las otras traducciones. La de Lañe está acompañada por una
enciclopedia de las costumbres de los musulmanes. La traducción
antropológica y obscena de Burton está redactada en un curioso inglés
parcialmente del siglo catorce, un inglés lleno de arcaísmos y
neologismos, un inglés no desposeído de belleza pero que a veces es de
difícil lectura. Luego la versión licenciosa, en ambos sentidos de la
palabra, del doctor Mardrus, y una versión alemana literal pero sin
ningún encanto literario, de Littmann. Ahora, felizmente, tenemos la
versión castellana de quien fue mi maestro Rafael Cansinos-Asséns. El
libro ha sido publicado en México; es, quizá, la mejor de todas las
versiones; también está acompañada de notas.Hay
un cuento que es el más famoso de Las mil y una noches y que no se lo
halla en las versiones originales. Es la historia de Aladino y la
lámpara maravillosa.
Aparece en la versión de Galland y Burton buscó en vano el texto
árabe o persa. Hubo quien sospechó que Galland había falsificado la
narración. Creo que la palabra “falsificar” es injusta y maligna.
Galland tenía tanto derecho a inventar un cuento como lo tenían aquellos
confabulatores nocturni. ¿ Por qué no suponer que después de haber
traducido tantos cuentos, quiso inventar uno y lo hizo?La historia no
queda detenida en el cuento de Galland. En su autobiografía De Quincey
dice que para él había en Las mil y una noches un cuento superior a los
demás y que ese cuento, incomparablemente superior, era la historia de
Aladino. Habla del mago del Magreb que llega a la China porque sabe que
ahí está la única persona capaz de exhumar la lámpara
maravillosa.Galland nos dice que el mago era un astrólogo y que los
astros le revelaron que tenía que ir a China en busca del muchacho. De
Quincey, que tiene una admirable memoria inventiva, recordaba un hecho
del todo distinto. Según él, el mago había aplicado el oído a la tierra y
había oído las innumerables pisadas de los hombres. Y había
distinguido, entre esas pisadas, las del chico predestinado a exhumar la
lámpara. Esto, dice De Quincey que lo llevó a la idea de que el mundo
está hecho de correspondencias, está lleno de espejos mágicos y que en
las cosas pequeñas está la cifra de las mayores. El hecho de que el mago
mogrebí aplicara el oído a la tierra y descifrara los pasos de Aladino
no se halla en ninguno de los textos. Es una invención que los sueños o
la memoria dieron a De Quincey. Las mil y una noches no han muerto. El
infinito tiempo de Las mil y una noches prosigue su camino. A principios
del siglo dieciocho se traduce el libro; a principios del diecinueve o
fines del dieciocho De Quincey lo recuerda de otro modo. Las noches
tendrán otros traductores y cada traductor dará una versión distinta del
libro. Casi podríamos hablar de muchos libros titulados Las mil y una
noches. Dos en francés, redactados por Galland y Mardrus; tres en
inglés, redactados por Burton, Lañe y Paine; tres en alemán, redactados
por Henning, Littmann y Weil; uno en castellano, de Cansinos-Asséns.
Cada uno de esos libros es distinto, porque Las mil y una noches siguen
creciendo, o recreándose. En el admirable Stevenson y en sus admirables
Nuevas mil y una noches (New Arabian Nights) se retoma el tema del
príncipe disfrazado que recorre la ciudad, acompañado de su visir, y a
quien le ocurren curiosas aventuras. Pero Stevenson inventó un príncipe,
Floricel de Bohemia, su edecán, el coronel Geraldine, y los hizo
recorrer Londres. Pero no el Londres real sino un Londres parecido a
Bagdad; no al Bagdad de la realidad, sino al Bagdad de Las mil y una
noches.
Hay otro autor cuya obra debemos agradecer todos: Chesterton,
heredero de Stevenson. El Londres fantástico en el que ocurren las
aventuras del padre Brown y del Hombre que fue Jueves no existiría si él
no hubiese leído a Stevenson. Y Stevenson no hubiera escrito sus Nuevas
mil y una noches si no hubiese leído Las mil y una noches. Las mil y
una noches no son algo que ha muerto. Es un libro tan vasto que no es
necesario haberlo leído, ya que es parte previa de nuestra memoria y es
parte de esta noche también.
Siete Noches (1980), en Obras completas, tomo III, Buenos Aires, Emece, 2000